domingo, 23 de septiembre de 2012

La historia de Isabella Guralnik de Zamaniego, judía de origen alemán que tuvo que emigrar debido al nazismo. Bela para algunos, Belita para muchos


En el marco de los 100 años en la ciudad que la Asociación Israelita “I.L. Péretz” celebrará el 12 de octubre, y los 200 años de la primera Ley de Inmigración que se conmemoraron el 4 de septiembre, presentamos la historia de Isabella Guralnik de Zamaniego, judía de origen alemán que tuvo que emigrar debido al nazismo.
TEXTO. HIJAS DE ISABELLA GURALNIK DE ZAMANIEGO. FOTOS. GENTILEZA DE LAS AUTORAS.






El primer día de clases, con el cucurucho lleno de golosinas que se regalaBA a cada alumna.

En la ciudad de Kassel nace el 20 de octubre de 1923 Isabella, hija de Lion Gerson Guralnik, de nacionalidad ucraniana, y de Cyrla Feffer, nacida en Varsovia. Fue una mujer con una inteligencia excepcional. No tenía la ciencia que se estudia, pero sí poseía la sabiduría con la cual se nace y no todos tienen.

Concurría a una escuela cuya costumbre, para el primer día de clase, era regalarle a cada alumna ingresante un cucurucho con golosinas. Era una alumna aplicada, motivo por el cual siempre se destacaba.

Desde su más tierna infancia conoció y sufrió los embates del nazismo; por eso, desde entonces fue forjando su temple de acero. Esto hizo que el instinto de conservación que todo ser humano tiene, en ella se agudizara; y se empeñaba en hacerlo extensivo a sus hijas, a las que amaba y protegía permanentemente.

Cuando comienza el régimen nazi, ella y sus hermanas eran discriminadas por ser judías. Una tarde, volviendo de su jornada escolar con sus hermanas y sus primos, fueron agredidos por soldados a caballo. En esa ocasión muere, pisoteado por aquéllos, uno de sus primos


LOS AÑOS EN PARÍS


A los diez años de edad, Isabella y su familia emigran a París, escapando del régimen hitleriano, cada vez más crudo. Cerraron la puerta, dejando en su casa todas sus pertenencias. Corrían para abordar el tren que los llevaría a su destino, y a una de sus hermanas se le enganchó un pie en las vías. Angustiados por el terror y la premura para alcanzar el tren, tuvieron que sacarle el zapato para liberarla y no perder la posibilidad de viajar.

Una anécdota que ella contaba de aquellos duros tiempos de su niñez fue la siguiente: cuando los soldados nazis se llevaban a un vecino judío, otro señor vecino le dijo a los soldados “sáquenle ese saco nuevo y pónganle éste más viejo” y se lo tiró al pobre hombre que se cambió la prenda. Ya en el campo de concentración, comprobó que entre el forro y la tela del saco se encontraban dinero y joyas, que le sirvieron para negociar su libertad.

También en París se destacó por su capacidad intelectual y su tesón para aprender, lo que sus maestras valoraban (a poco tiempo de comenzar su concurrencia a la escuela, figuraba en el Cuadro de Honor). Tal es así que una de ellas le dedicó una atención personalizada para ayudarla con el idioma y le regaló un diccionario que Isabella atesoró y utilizó con empeño, lo que le permitió escribir y hablar francés a la perfección. Este diccionario lo guardó Bela hasta sus últimos días.

Fue una etapa en la que, a pesar de las necesidades que pasó, disfrutó de las bellezas de la ciudad, en la que conoció “las papas fritas en cucurucho”. Su familia continuaba con las tradiciones judías, sobre todo el shabat.
También en esta etapa conoce Isabella los maravillosos paisajes suizos, recorridos en tren, a través de la Cruzada organizada por la Cruz Roja para chicos refugiados de la Guerra.

Mientras viven en París, nace su última hermana. Pero, cuando se avecinaba la invasión nazi a Francia, los emplazaron para ser repatriados o ir a otro país. Su padre se relaciona rápidamente con gente de la Comunidad judía y le trae a su hermana mayor todo el material necesario para alistarse en el grupo ALIAH e ir a Palestina: (la mamá de Bela nunca se lo perdonó a su marido, pues Gertrud era casi una niña). Ella partió hacia Palestina, atendiendo el llamado que Golda Meir y Ben Gurion hicieron a la diáspora judía. Al momento de su muerte le hicieron homenajes como pionera y patriota de Israel.


RUMBO A LA ARGENTINA


Cuando la familia decide emigrar de Francia, pasan grandes angustias en el puerto de Marsella, porque le detectan a su padre una enfermedad contagiosa en la vista (tracoma) y no pudieron partir. Con la urgencia del momento su papá recurrió a las organizaciones judías que se ocupaban de ayudar a quienes estaban en situaciones críticas de salud, y así consiguieron todos los papeles y certificados de salud que les permitieron abordar el barco que los llevaría a Río de Janeiro, donde el gobierno de Brasil les deniega la entrada por ser judíos.

Es así como encuentran acogida en Paraguay, país al que arriban posteriormente -luego de hacer escala por tres meses en la ciudad de Montevideo (Uruguay)-. En Asunción viven un tiempo no prolongado y emigran a la República Argentina. Por unos meses residen en el Hotel de Inmigrantes.

Los primeros tiempos fueron durísimos, pues vivían aterrorizados con el nazismo; luego se trasladan a Rivera (Provincia de Buenos Aires), donde el gobierno les otorga parcelas de tierra para trabajar. Tenían animales y aves de corral (ellos sólo habían visto estos animales en libros). Para los Guralnik el campo era un área desconocida porque la profesión de su padre era corredor de comercio (viajante).
La gran barrera que encontraron fue la falta de comunicación por desconocer el idioma. Esto le ocasionó a Bela (como familiarmente la llamaban) dificultades en la escuela por la burla de sus compañeros, causa por la cual decide dejar de concurrir. Esta determinación la impulsa a aprender el oficio de costura.

Después de trabajar varios años en el campo sin resultados positivos, debido a la falta de conocimientos respecto de la labor a realizar, y de muchas penurias vividas; decide Bela, a los dieciséis años, irse a vivir a la ciudad de Buenos Aires. Los primeros tiempos vivió en casas de familia, luego trabajó en una peletería (oficio que también aprendió).

Tiempo más tarde traslada al resto de su familia a la misma ciudad y viven todos en un conventillo. En 1946, en casa de una amiga, conoce al que fue su marido durante cincuenta y cuatro años. Este era sastre y ella, con sus conocimientos le ayudó a trabajar en el taller que fue su modo de vida.
Cuando la República Argentina, durante la Segunda Guerra Mundial, rompe relaciones con el Eje, Bela debe presentarse todos los meses a convalidar su domicilio ante el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Tuvieron tres hijas; tiempo más tarde se trasladaron a la ciudad de Santa Fe, en la que nace su cuarta hija. Tuvo cuatro nietos y una bisnieta que lleva su nombre.

En la década del ‘50 recibe una indemnización por parte de Alemania para resarcir (sólo en parte) las pérdidas morales y económicas que le ocasionó la Segunda Guerra Mundial. Parte de esa indemnización sirvió para comprar un terreno y construir su casa en Santo Tomé, donde vivió hasta sus últimos días.

En 1958 tramita y obtiene la nacionalidad argentina. En 1962 ingresa a trabajar en la Administración Pública Santafesina. Acompañó a su marido en distintas comisiones y asociaciones de la ciudad de Santo Tomé. Fue miembro activo de la Comisión de Madres de la escuela primaria a la que concurrieron sus hijas. En la década del ‘70 integró la comisión de FACE (Federación Argentina Católica de Empleada).

REENCUENTROS y UNA RICA VIDA CULTURAL


En 1973 se reencuentran las cuatro hermanas, después de treinta y ocho años de separación obligada. Fue un momento muy emotivo. En esa circunstancia, su hermana israelí conoce a sus sobrinos y cuñados.
Con ella realiza algunas excursiones mostrándoles las bellezas turísticas de nuestro país.

Con la ayuda de sus primos esparcidos por el mundo -que, a consecuencia de la guerra, nunca antes pudo volver a ver-, Bela viaja a Israel tres veces. Allí se reencuentra con algunos de sus familiares, conoce a su sobrino y familia. También recorre, junto a su hermana, algunos lugares de aquel país.

En la década del ‘90 se crea en la Asociación Cultural Israelita Argentina I.L. Peretz de la ciudad de Santa Fe el primer Coro que interpreta canciones en Idish, al cual Bela se incorpora. Con el Coro participó en distintos encuentros con agrupaciones nacionales y extranjeras. En marzo de 1992, Bela y su esposo estaban paseando en Brasil junto a unos sobrinos, cuando ocurrió el atentado a la Embajada de Israel; esto la sacudió fuertemente, como si volvieran aquellos tiempos de la Alemania nazi. Lo mismo le ocurrió cuando el atentado a la Amia, en julio de 1994. Hablaba y escribía varios idiomas. Realizaba actividades físicas, entre ellas, Tai-Chi.


Le gustaba viajar y relacionarse con el medio en que se desenvolvía. Disfrutaba de la lectura y procuraba interiorizarse de todo lo que ocurría en el mundo. Su vida fue de mucho sufrimiento; pasó muchas necesidades espirituales y materiales. Por eso practicaba la cultura del ahorro, debido a las experiencias y lecciones recibidas. Aun así, fue una mujer generosa y noble en sus convicciones, dispuesta a ayudar a quien lo necesite.


Sus últimos años, que fueron muchos, los vivió tranquila junto a su familia; y en especial junto a su esposo Marito que la amó sin dobleces hasta que Dios se lo llevó. Ahí la vimos llorar. Logró sobrellevar esta ausencia con el apoyo de sus hijos y nietos, familiares, amigos y el Coro Freilej.

Su historia concluye el 22 de octubre de 2007.

FUENTE: DIARIO 'EL LITORAL'
SANTA FE, 15 de setiembre de 2012

LA ESCRITORA IRMA VEROLIN PRESENTA SU LIBRO "El camino de los viajeros " hoy domingo 23/9- 18 hrs. en la XIX Feria del Libro de Santa Fe



Irma Verolín
presenta
 
El camino de los viajeros
 
Primer Premio de Novela Mercosur
 
Coedición Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe y Universidad Nacional del Litoral
 
Domingo 23 de setiembre, 18:00 hs.
Auditorio La Redonda
(Salvador del Carril y Belgrano, Santa Fe)

XIX Feria del Libro de Santa Fe
 





Irma Verolín (Buenos Aires, 1953). Escribe para niños y adultos. Publicó los libros Hay una nena que gira (1988), La fantástica familia Fursatti (1989), La casa del cedro azul (1991), El misterio del loro (1992), El puño del tiempo (1994), Una luz que encandila (2009). Obtuvo, entre otros, los premios Emecé (novela), Fondo Nacional de las Artes (cuentos), Mercosur de Novela, Premio de Cuento “Ciudad El Colorado”. Fue finalista de los premios Fortabat y Planeta Argentina.
 Viene especialmente desde Buenos Aires para este acto.


Carlos O. Antognazzi
Páginas personales:

IRMA VEROLÍN. FRAGMENTOS DE LA NOVELA "EL CAMINO DE LOS VIAJEROS"



Sospecho que es más fácil hablar de la propia vida que de la escritura personal, posiblemente nunca logramos establecer la debida distancia con las palabras escritas como para alcanzar algún grado de rigor. Ya sabemos que cada artista se siente único en lo suyo y pensar la escritura nos obliga a encuadrarnos en algún tipo de tradición literaria. Por un lado amamos pertenecer, pero por otro, aparece una indomable necesidad de diferenciarnos. Entre esas tensiones se ubica el texto y de la transacción posible entre esas dos instancias surge o muere su originalidad. Escribí esta novela “El camino de los viajeros” a mediados de los noventa cuando la perspectiva histórica me permitía -esta vez sí- tomar una distancia con los años de la dictadura militar. La novela transcurre poco después de la guerra de Malvinas.  Intenté narrar la vida cotidiana de un modo sesgado, quise contar desde adentro lo que vivimos y ubicar el relato en  una frontera geográfica fue la simbología más apropiada para hacerlo: vivir en la orilla temiendo caer de este o del otro lado, la frontera de la vida y de la muerte, la frontera política que divide dos países, dos idiomas, la frontera del mundo social y la de la reclusión. Y tantas otras. Para mí fue un gran desafío salirme de escenario natural: el barrio en la ciudad  para componer lo que podría llamar una novela rural,  que impone un cambio en la mirada.  Frente a la tradición ineludible de Horacio Quiroga  se me planteó el dilema de cómo  presentar el paisaje  al contar una historia que transcurre en el monte misionero considerando que  el paisaje funciona como un personaje más. El trabajo de escritura que me facilitó este  tránsito es otra historia que también forma parte de mi vida. En mi caso escritura y vida han ido por carriles paralelos, claro que sufriendo una distorsión a veces bastante tajante. Como mi línea de escritura no está en la del realismo quiroguiano, en cierto sentido no corrí el riesgo de la imitación, digamos que en este caso puedo correr el riesgo de la extravagancia y sabemos que en arte el riesgo es parecido al  ideograma chino que equipara crisis con peligro y oportunidad al mismo tiempo. Sea como fuere, confieso que no me resultó fácil escoger algunos tramos de la novela que funcionaran individualmente de manera tal que al leerlos no se perdiera el sentido de la trama y la información general que otorga leer la novela en forma completa. En fin. Lo de siempre, con las palabras, todos lo sabemos, entramos en un terreno resbaladizo. 
Fragmentos de 
“El camino de los viajeros” - 
Ed. UNL- Santa Fe 2012

Estoy lavando ropa en la piletita. Una araña se enrosca y se desenrosca en su tela, se abre, es temible, la espío mientras el agua fría y escasa va cayendo sobre la tela estrujada, sobre mi piel que se paspará, sobre el pórtland rugoso y gastado de la pileta, sobre el aire que traspasa hasta llegar al agujero de la rejilla y se escurre musicalmente. Lavo la ropa, le quito la suciedad del mundo, del cuerpo, los recuerdos, las formas que mis codos, mis rodillas, mis senos le dejaron, la retuerzo y los infinitos hilos del entramado de algodón forman ángulos, dobleces, ondulaciones, forman una inaguantable desproporción con la naturaleza. Enjuago, enjuago, enjuago, ya nada queda de lo que dejó mi cuerpo sobre la ropa, el agua lava, bautiza de nuevo, el agua estira, estira, llueve sobre mi ropa, el agua se escurre por todas partes y una araña enorme y negra que tiene el tamaño de mi mano abierta, imita en la intemperie del aire los descuartizamientos de esta ropa mojada que estrujo una vez más, mis manos se cierran para retorcerla, mis ojos se achican para acompañar su tamaño. Hago desaparecer la forma de mi cuerpo en mis manos y la araña pendula, arañosa y negra la araña. Mientras tanto se precipitan, suben y bajan los pájaros de alas dientudas por el cielo, y la araña y yo aquí estamos, silenciosas, retorciendo lo que queda de nosotras y el agua cae y se escurre y se precipita hacia un fondo que soy incapaz de imaginar. El agua, los pájaros, la araña, yo. Mi ropa estirada en el aire chorreando agua. Agua. No muy lejos, a orillas del río, otras mujeres con los pies en el agua golpean ropa mojada contra las piedras. Golpean y golpean. Ese golpeteo intenso, perturbador, resuena en la boca de mi estómago.

                                           …………………

A veces pienso que viajábamos no para escapar de esos días chatos ni para vivir en la transitoriedad sino porque sinceramente creíamos que existía el final del camino. O al menos una parte de nosotros conservaba la ilusión de que sobre esta tierra había un lugar que equivalía al Paraíso. Es factible que alguna memoria ancestral nos empujara a emprender ese trayecto hacia la cuenca vacía, hacia ese sitio sin nombre que buscábamos afanosamente cuando mirábamos un mapa. Los puntos rojos de las ciudades no nos llamaban la atención ni nos incitaban a mirar por detrás queriendo averiguar si, en el reverso o más allá del reverso, se replegaba ese final que adivinábamos de una manera confusa. Entonces desplegar el mapa indicaba el principio de la búsqueda de un tesoro. Y las islas perdidas eran un punto infinitesimal, tan liliputiense que nuestros ojos ávidos sólo descubrirían luego de trasladar el esquema del mapa al escenario del mundo. Ese pasaje obligado de descifrar primero un mapa para después constatar su veracidad llevando el cuerpo por el mundo, me retrotrajo en varias ocasiones al pizarrón negro de la escuela secundaria. Las fórmulas algebraicas eran ininteligibles, pero la monja, que se había recibido con honores de profesora de matemáticas en Italia, insistía en su futura aplicación y nos juraba y perjuraba su incuestionable practicidad. Alguna vez nos había dicho que esas equis y esas íes griegas seguidas de tanto número absurdo bastaban para medir el tamaño de una montaña. Me costaba aceptar aquello; en el fondo nunca le creí a la monja, que terminó regresando a Italia porque una carraspera fue seguida por una intensa tos y luego por una neumonía. En el fondo yo pensé que era un castigo por decir tantas mentiras. La misma perplejidad sentía yo cuando, no bien llegábamos a algún sitio, Marcos, sonriente, desplegaba una vez más el ajado mapa y señalaba con su dedo aquel intento de restringir el mundo a la chatura geométrica, a un declive de líneas celestes y ondulantes o a una cantidad de puntos rojos. Repentinamente me acordaba de la monja y la imaginaba en un monasterio tosiendo y tosiendo, penosamente, sin cesar. En el extremo superior derecho, el ajado mapa que Marcos desplegaba y plegaba como las velas de un barco, tenía el dibujo de una veleta. Los cuatro puntos cardinales eran cuatro extremos que nos hundían en la angustia. Hacia dónde ir. ¿Hacia el calor?, ¿hacia el frío?, ¿hacia el océano o la selva? La línea firme que separaba una nación de otra me despertaba temblores. Los guiones que marcaban el final y el principio de una provincia me retrotraían a las conocidas entonaciones y a los chistes del lugar. Jamás podía pensar en un árbol, en un clima o en un paisaje. Tantas veces sentí lo mismo que tuve que aceptar que allí estaba mi sello de la ciudad. Veía sólo construcciones, espacios demarcados, fechas y nombres. Nada que estuviese vivo se adelantaba en mí al contemplar el mapa. Todo era cultura ante mis ojos anticipados, no adivinaba ni siquiera lejanamente a la naturaleza. Así que se me ocurrió especular que tal vez eso me impedía ver el monte como era en realidad: un espacio entregado enteramente a las leyes de lo natural. Quizá la prueba o el desafío mayor había sido tener que entreverarme en ese código inusitado. También —no era nada improbable— mi rechazo al agua explicaba mis incomprensiones. Una vez uno de los hombres que solíamos levantar en la ruta, un buceador submarino, nos aseguró con un tono de voz sentenciosa, que la gente que rehúye el agua es gente que no ama la vida. De más está decir que no volví a dirigirle la palabra en todo el viaje, y sólo lo hice en el momento en que descendió del coche y nada más que para indicarle que cerrara bien la puerta. Si el monte se me presentaba como un garabato se debía a que miraba con ojos de ciudad aquello que exigía un enfoque nuevo. Me hubiera gustado arrancarme los ojos para entrar en el monte, arrancármelos en todos los sentidos de la palabra, lo que no hubiese sido más que un gesto absolutamente literario que hubiera acusado mi profunda ligazón a la cultura, a ese repertorio conocido de saberes que se reiteran una y otra vez con voces y formas. Lo natural, al menos en el monte, tiene más de sorpresa que de repetición y al parecer yo no estaba dispuesta a aceptarlo, por eso insistía en no comprender. Con el tiempo llegué a establecer alguna relación entre los arranques furibundos por viajar y nuestra vida de todos los días. Cuando yo lograba aceptar que me encontraba situada a medio camino entre mi alma y mi cuerpo, sentía el impulso loco de hablar de un viaje. Por lo general trataba de olvidar ese desencaje mío, esa constante necesidad de quitarme el cuerpo de encima recurriendo al vestido oloroso que colaboraba malamente. Por entonces mi única estratagema conocida para sacudirme el alma del cuerpo era viajar. Tenía el total convencimiento de que los viajes me daban esa sensación única de que mi cuerpo y mi alma se separaban. Así lograba ser sólo cuerpo, al menos por un rato.

                                               ……………….

  Los milicos desconocían la relación estrecha que sus pobres personas mantenían con la muerte, con esa misma muerte, la de todo el mundo, la que continuaba unida a mí por el lado izquierdo y me acompañaba dejando que un hilo de aire me confirmara su compañía. Para los milicos, en cambio, la muerte era el resultado de una acción que ellos podían realizar o a la que ellos se enfrentaban. La muerte podía acompañarlos o estar a su lado, era tan sólo un agregado de la vida, podía aparecer o no, y nada cambiaba. La muerte para ellos brotaba de una maniobra del cuerpo, a la que únicamente el cuerpo era capaz de responder. Ellos no creían que a la muerte se la pudiera mirar a los ojos. Es muy probable que, en el fondo, los milicos carecieran de ese don, de ese sentido de la simbolización y que sin duda, en el caso de haberlo poseído, los hubiera acercado a alguna forma de sabiduría o les habría cambiado el rostro para siempre y quitado la postura rígida y la sequedad de la mirada. Tal vez su prolongado, legendario contacto con las armas de fuego contribuyó bastante a que el acto de morir se les hiciera cotidiano, a que se les fuera metiendo adentro de las intenciones, al punto de que se les mezclara en sus quehaceres, tanto y tanto, que ya nunca más pudieran quitársela de las entrañas y de los escondites más escondidos de su cuerpo. Es muy factible que ese contacto repetido con las armas les hubiera pulverizado la capacidad de hacer de la muerte algo semejante a una sombra con la que, acaso, se pudiera conversar. Para ellos ver matar o convertir a las personas en muertos eran acciones simples, tan simples que hasta podía evitarse hablar de ellas. Después ningún resto, ningún vestigio, nada les quedaba, salvo el recuerdo o la memoria de un cuerpo que, al haber pasado por el acto de morir, se convertía en una cosa. De cualquier modo se trataba de una memoria insignificante. Si la vida era un envoltorio de celofán, la muerte era un objeto frágil, frágil o poco consistente o, tal vez, escurridizo como el agua que con todo se mezcla, menos con el aceite. Y la frágil muerte, simple, muy simple y enhebrada hilo por hilo, estaba en la torpeza de cada uno de sus movimientos, de la mañana a la noche. En ese sentido prácticamente nada en común tenían con Marcos. Por el contrario, Marcos sentía que la muerte era lo que era: una presencia que merodeaba a la gente y cada tanto se le escapaba por los ojos. Si en algo se vincularon y se enfrentaron los milicos y Marcos tal vez fuera en la relación que cada uno de ellos tenía con la muerte. Para los milicos la muerte no existía por sí sola, surgía de un acto de necesidad, eso que se desprendía de la gente o de la voluntad del cuerpo de la gente. Para Marcos, en cambio, se trataba de una contrincante casi sagrada. Sagrada y bestial. Por eso cada noche, al acariciarme, la acariciaba y la acariciaba sin descanso, con una lentitud exagerada, hasta volverla translúcida.

                                       …………………

   Inexplicablemente nació en nosotros una verdadera pasión por las películas de Chaplin. Nos desvivíamos por ir una y otra vez a las universidades y a los cineclubs donde las circunstancias y los policías vapuleaban al hombrecito gris, donde todo sucedía demasiado rápido y el cuerpo del hombrecito era flexible e inmaterial. La vida se volvía contundente y precisa, cada acción provocaba una consecuencia que se encadenaba a otra serie de consecuencias enlazando a las personas en una trama disparatada. Así el destino podía ser blanco o negro y en cinco minutos volverse grisáceo. La vida era efectiva en las películas de Chaplin y a la vez era devorada por el tiempo, cada hecho tenía un significado y un peso irrevocable, pero ese hecho no aplastaba ni decidía nada, se diluía en el instante y de esta manera cada instante, pleno y rotundo, era a la vez fugaz.
En las películas de Chaplin no había por ejemplo un monte ni ninguna frontera, en todo caso había frontera y ninguna era más importante que otra. No había un policía sino muchos policías y la ciudad era muchas ciudades. El mundo se veía tan extremadamente intangible y las personas tenían una trascendencia tan opaca que daban ganas de quedarse a vivir allí, de dejarse estar en esas avenidas blancas y hasta de poner la cabeza bajo el cachiporrazo de los policías. El mundo se podía inventar y descomponer con igual intensidad, se lo podía modificar sin que se lo tuviera una que tomar en serio. Ninguna cosa ocupaba un excesivo espacio en las películas de Chaplin y, aunque había máquinas que se olvidaban del cuerpo de la gente o tranvías infernales, todo parecía leve y antojadizo, la muerte no existía en las películas de Chaplin, porque nada duraba demasiado. Y eso ya era una gran ventaja para nosotros.
 
  fuente: FOTO Y TEXTOS DE SUS BLOGS:

martes, 18 de septiembre de 2012

XIX FERIA DEL LIBRO DE SANTA FE 2012.- La ASOCIACIÓN SANTAFESINA DE ESCRITORES (A.S.D.E.) invita el 19 de septiembre a las 19 en el espacio La Redonda, Arte y Vida Cotidiana, en Salvador del Carril y Belgrano,de la ciudad de Santa Fe.




INVITACIÓN:

XIX FERIA DEL LIBRO DE SANTA FE 2012.

La ASOCIACIÓN SANTAFESINA DE ESCRITORES (A.S.D.E.) invita a socios y amigos a escuchar a los escritores: Nora Didier, Danilo Doyharzábal, Zunilda Gaite, Julio Luis Gómez, Ana María Paris, Estrella Quinteros, Ricardo Ríos Ortiz y Elda Sotti, quienes participarán en una Mesa de Poesía leyendo obras de su autoría.


 Esta actividad se llevará a cabo en el marco de la XIX FERIA DEL LIBRO DE SANTA FE 2 012, el 19 de septiembre a las 19 en el espacio La Redonda, Arte y Vida Cotidiana, en Salvador del Carril y Belgrano, de nuestra ciudad.

Esperando la presencia de Uds., saluda cordialmente en nombre de la C.D.:
           Zunilda Gaite
        Secretaria General.

Juan José Santander, poeta santafesino y diplomático argentino




Juan José Santander, poeta y diplomático santafesino.
 Foto: Flavio Raina

Todos los santos
No me sale ser malo, y no es que sea
bueno; blando, más bien, o perezoso.
El vivir me produce tanto gozo
que sólo alguna que otra cosa afea,
demandas cotidianas; pero el poso
de luz de cada día lo recrea.
Luego cuando alguien tal vez esto oiga o lea,
preguntará qué esconde este rebozo...
Nada. Las palabras me son tan naturales
como el aliento: como él, jadean,
suspiran, amansan, atacan, engañan,
revelan rebelándose, nos curan o nos dañan.
Y así me dejo ser y que me sean:
Reflejo en un espejo sin cristales.



De ahí
Soy de una tierra en la que la llanura
establece el paisaje y determina
la sencillez. Horizontes confina.
No hay límites de cielo a la hermosura.
En esa circunstancia el ser procura
encontrar dentro hondonada y colina,
y la imaginación su vista afina
para alcanzar algo que eterno dura
allende el horizonte ubicuo. Asila
su propia soledad en amistades
que resuenan a cósmicas edades
remotas, infinitas, insondables...
El otro adentro idéntico perfila
y afuera esboza en gestos venerables.


Así


El alma, una monja viejita que reza
en un rincón abandonado del convento,
tiene toda la fe y el sentimiento;
el mundo afuera, fealdad y belleza,
al renunciar a él en cada intento,
se lo ha ganado: es ésa su proeza.
Nada de lo que no ha conocido le pesa
y tiene lo que quiso y le interesa.
Por eso lo eligió. ¿Qué fue? Parece
que ese misterio adentro se oscurece
en luminosidad que la encandila.
¿Qué fue? ¿Qué quiere? No se lo plantea.
sigue rezando mientras se perfila
crepúsculo que en vidrios glorias crea.


Navidad


Somos tan poca cosa... Quizá es eso
por lo que quiso entre el burro y la vaca
venir, que fuera paja lo que aplaca
el frío de su cuna, y ese beso
de manso aliento de animales. Peso
en la palma mi vida, y se destaca
de ayer pelusa que el dedo de hoy saca
de mi ombligo: ruin, rancio proceso.
Inevitable. Razonable. Pero
mezquino ante ese infante en el pesebre.
Donde animales pacen su alimento.
Nuestra pobreza halla ahí también sustento.
Donde a Sí Misma la Bondad celebra.
Sin medios. Sin recursos. Tierno agüero.


Humildemente


Toda la responsabilidad no cabe
a uno solo. No somos el Mesías,
cada uno. Todas las profecías
ya se han cumplido, o cualquiera sabe
cuándo se cumplirán... Es con la llave
de la humildad con que conseguirías,
tal vez, abrir a la calma tus días,
cada uno, sin pausa, sin que trabe
nada su curso, sinuoso y ondulante
sin embargo y, por eso, no aburrido.
No sintás, pues, la carga del olvido
como alivio; tampoco es la memoria
rosario de fracasos titubeante;
ni libro estampa en láminas tu gloria.


Viéndose


Con un ligero tinte de amargura
el horizonte dibuja la meta;
la luz, como crepúsculo, respeta
el enigma: qué queda, y qué no dura...
Si es el día o la noche quien apura
el vaso, y cuál el poso que, secreta,
habrá dejado la bebida, escueta
huella en el fondo de la taza oscura...
Con que quizá alguien escrutar pretende
el futuro que solo el tiempo hiende
y oculta. Aceptamos la jornada.
Hemos llegado hasta aquí sin apuro,
sin lucha, sin violencia. Casi nada.
Lo interesante es nunca estar seguro.


Recepción (Detalle)


Ángulo entre el espejo y la pulida
-o laqueada, quizá, no sé- madera...
La fiesta alrededor se desafuera
en voces, cantos, risas, distraída
en su propio turbión; mesura ida
con pudor, guarda aún cierta manera,
superficial, de compostura: mera
trama de convenciones compartida.
La camarera jefa en recorrida
va indicando a una y otra camarera,
que la siguen, la copa ya bebida,
o algún plato vacío... Ese palillo
quebrado que el espejo en la madera
refleja, queda olvidado en tanto brillo.
Como si vivir no bastara
Como si no bastara con vivir
Lo que la vida tiene de valioso
no está en la vida. La preciada gema
expresa su belleza cuando extrema
la luz y a sus facetas tinte hermoso
da. Lo suave del pétalo que rozo
está en mis dedos. Al variar el tema
lo desentraña la música. El lema
da sentido a la acción. Y sólo el poso
da cuenta del café. Lo que ha pasado
es exterior. Lo que queda está afuera.
La rueda en torno a su vacío gira.
Sólo se alcanza a ver lo que se mira.
Nunca se llega a ver si no se mira.
Esto que vivo es siempre la primera
vez, y la última, que me ha sido dado.

fuente: DIARIO 'EL LITORAL'
 15-09-2012

Video promocional: Cuentos de Carlos Roberto Morán: el 25 de septiembre sale a la venta con precio promocional presentando cupón del Diario EL LITORAL DE SANTA FE

En esta nueva entrega de literatura santafesina de colección, Carlos Roberto Morán presenta su libro de cuentos "Historia del mago y la mujer desesperada". El libro saldrá a la venta el martes 25 de septiembre con el Diario El Litoral. El martes 25 de septiembre a la venta el tercer libro de “Las cuatro estaciones de la palabra”, proyecto impulsado por la editorial independiente Palabrava y el Diario El Litoral. 

Para la estación primavera, Carlos Roberto Morán presentará su libro de cuentos "Historia del mago y la mujer desesperada". El costo del libro es de $18.90 con el cupón del diario, o $40 sin el cupón. 

Carlos Roberto Morán (Santa Fe,1942), publicó los libros de cuentos “Territorio posible” (México, 1980), “Noticias desde el sur” (México, 1986), “Noticias de Sergio Oberti” (Argentina, 1990) y “Ella cuenta sobre el mar” (Argentina, 2006) Sus trabajos han aparecido en antologías y publicaciones de Argentina, México, España, Bulgaria y Polonia. Recibió distintos premios y distinciones y la revista “Cultura de Veracruz”, de México, le dedicó un número homenaje en 2008. 

Proyecto editorial Palabrava es una editorial independiente creada y dirigida por Patricia Severín, Graciela Prieto y Alicia Barberis, que se basa en la revalorización del trabajo creativo y en el reconocimiento del autor y su obra, con una justa retribución económica en concepto de derechos de autor. 

Dentro de los objetivos más importantes que sustentan este proyecto, figuran el estimular a niños, jóvenes y adultos en su camino a la lectura; y difundir la obra literaria y la biografía de autores y autoras santafesinos en todos sus géneros. 

 Uno de sus proyectos es “Las 4 estaciones de la palabra”, que consiste en la publicación de cuatro libros anuales, que se distribuyen junto al Diario El Litoral, al inicio de cada una de las estaciones (otoño, invierno, primavera y verano), como forma de estimular la lectura y difundir a los autores de nuestra provincia. 


 Video promocional: Cuentos de Carlos Roberto Morán Publicado el 17/09/2012 por dsdGMoran 

 En esta primavera, la editorial Palabrava en conjunto con el diario El Litoral de Santa Fe realizará una nueva entrega de su colección "Las 4 estaciones" presentando la obra "Historia del mago y la mujer desesperada" un libro con cuentos de Carlos Roberto Morán. En su obra el autor indaga en lo desconocido y logra hacer verosímil aquello que no lo parece: nos acerca lo inexplicable a través de sus historias. Con precisión de detalle busca comprender, interpretar el alma humana y nos regala catorce magistrales cuentos, catorce mundos. Compra opcional junto con el diario.

21 DE SETIEMBRE: DÍA INTERNACIONAL DE LA PAZ – Nelly Antokoletz, poeta, escritora y periodista, desde "Villa Carlos Paz' (Pcia., de Córdoba-Argentina)



21 DE SETIEMBRE: 

 DÍA  INTERNACIONAL DE LA PAZ 

por  Nelly Antokoletz-


Hay grandes hombres que gobiernan grandes e importantes países y  que bregan por una paz permanente.

Sus luchas son perseverantes, sin dejar caer la intención durante mucho tiempo, y siempre contrariando a una parte de sus pueblos que parecen nacidos para la guerra y no tiene para ellos ninguna importancia la vida de los demás.

Son tan enormes los problemas existentes respecto de la discrepancia entre pacifistas y los otros, que se necesita una fuerte voluntad y decisión para continuar  dentro mismo de sus pueblos, hasta conseguir el cambio de pensar   que héroes  son los que la ganan las guerras.

Muchas veces el “enemigo” no es el de afuera, sino quien acompaña a estadistas que no tienen suficiente poderío como para imponer sus planes a favor de la PAZ.

Es en situaciones como éstas que ese gobernante necesita absolutamente la ayuda de su pueblo o parte de él en todos los países del mundo, la unión de hombres que quieren esa ansiada PAZ en una descomunal tarea universal que sea más fuerte que la otra.

Desde todos  los rincones del mundo, desde cada hogar, toda madre y todo padre, deberían inculcar en sus hijos la idea soberana de que la vida humana y animal es más importante que todo lo material obtenido por medio de la muerte.

En las crueles guerras aunque se ganen, pierden TODOS.   Los muertos que en silencio  son llorados por sus seres queridos,  no pueden levantarse y contar de su desgracia.

Somos  TODOS  responsables de lo que sufre la humanidad, porque ignoramos lo que le sucede al ”otro”, mientras no se sienta en carne propia.   La indiferencia del que “está bien” es un  apoyo total a los feroces provocadores de muerte, en guerras que siempre, son injustas.

Levantemos nuestra voz lo más alto posible, no dejemos en manos de inescrupulosos comerciantes belicistas nuestro presente y futuro y recordemos que este DÍA INTERNACIONAL DE LA PAZ  debe servir para involucrarnos dentro del vendaval  que asola al mundo, para evitar muertes y dolor extremo.-

NELLY ANTOKOLETZ-

Embajadora de la Paz-  IFLAC y PAZIFLAC Argentina

Coordinadora de LA MAGIA DE LA PALABRA

Directora de Comunicaciones Diplomáticas de UNILETRAS

antokoletz antokoletz

lunes, 17 de septiembre de 2012

CRONICAS DE LA CIUDAD DE SANTA FE:"EL ASADO", por EL GIORGIO





EL ASADO


        Era una jornada calurosa y húmeda de enero del 2006. Algo muy común en los pagos santafesinos. Al mediodía, alguien propuso asado para la cena; pero cuando me ofrecí como asador hubo quienes se asombraron, porque siempre se ocupaba otro de esa tarea.
   -¿Vos te animás? Dijeron, enfatizando el “vos”.
   - ¡Seguro! ¿Cuál es el problema? ¿Por qué no puedo hacerlo yo? ¡No es tan difícil!
       Nadie osó contradecirme, pero noté una ansiosa expectativa en los demás.
      Al atardecer, cuando el sol ya no calcinaba el patio, aparecí descalzo, en short y "musculosa", decidido a cumplir mi cometido. Primero retiré del asador los trastos allí acumulados, pues desde que mis hijos se casaron el asador había pasado a ser depósito de objetos sin destino definido.
      Entre los trastos hallé una bolsita de carbón, sobrante de algún asado anterior. Estrujé un manojo de diarios viejos y sobre él volqué el contenido de la bolsita pensando si no estaría algo humedecido.  Le acerqué un fósforo encendido, que se consumió entre mis dedos sin que el combustible se comportara como tal. Luego otro fósforo; después otro y otro. Eché alcohol sobre el carbón, arrimé otro fósforo... y se consumió el alcohol. Eso sí, salía mucho humo, aunque el carbón seguía intacto. A veces aparecía alguna llamita, pero enseguida se extinguía.
      A esta altura de los acontecimientos el humo producido había invadido el patio nuestro… y hasta los contiguos de los vecinos. Por un momento pensé que llamarían a los bomberos.   De la humareda emergió de pronto mi cuñada empuñando una pala de plástico; con ella venteó las pocas llamas que surgían, apagándolas y encendiéndolas alternativamente con cada pantallazo.
      En tanto, alarmada por nuestro fracaso, “la patrona” volvía de la verdulería de la esquina con otra bolsita de carbón que, como suele suceder, no sería necesaria.
      Por fin se alzó una fogarada. El carbón tomó fuego, crepitando y lanzando bocanadas de humo y nubes de chispas que nos obligaban a saltar continuamente para evitar quemaduras, como si bailáramos una danza ritual, al estilo de los indios de las viejas películas de cow-boys.
      Ya íbamos a “tirar a la parrilla” los ingredientes del asado cuando llegó uno de mis hijos quien, como buen abogado, “se las sabe todas”. Cual experto en el tema, dio precisas instrucciones sobre el modo de cortar las costillas y acomodar el resto sobre el asador. Allí aproveché para darme tres duchas consecutivas. El agua salió negra de hollín y recuperé mi aspecto canoso.
       Cuando llegaron los demás el asado estaba a punto y se sirvió, acompañado de varias ricas ensaladas preparadas por las mujeres. Increíblemente todo estuvo muy bien, quedando demostrado que las claves del éxito de un asado residen en conseguir buena carne y “hacer el fuego”.
      Como de costumbre, no faltó el obligado “aplauso para el asador”, oportunidad que aproveché para agradecer a aquellos que “de una u otra manera” habían contribuido a plasmar el asado, incluyendo en el agradecimiento a mi equipo y - especialmente - a la vaca, que estaba muy tierna. 
      También puntualicé que era no era la primera vez en mi vida que hacía un asado: Era la segunda, ya que 40 años antes había asado exitosamente unos pollos “al oreganato”.
      El recuerdo del acontecimiento perduró. Y durante las mañanas siguientes, al levantarme, notaba un persistente olor a humo en toda la casa.
Una duda me carcome desde entonces: Habiendo tantas comidas ricas…¿Por qué a todos les apasiona comer asado? 

El Giorgio

En Santa Fe(Argentina) un calcinante día de verano.














NOTA DEL EDITOR DE ESTE BLOG,

EL GIORGIO, un cronista de la vida cotidiana.
Experto en ciencias, es un filósofo popular que recien ahora comienza a difundir públicamente sus textos, que son siempre humanos, a veces más o menos humorísticos. 

Ya he publicado anteriormente algunas de sus narraciones, y seguire en esta tarea de difusión cada vez que reciba un original suyo. 

Estoy seguro que sus lectores sonreirán al finalizar la lectura.

Jose Pivín
frente al puerto de Haifa
frente al Mar Mediterráneo.