Mostrando entradas con la etiqueta MONICA RUSSOMANNO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MONICA RUSSOMANNO. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de junio de 2013

MONICA RUSSOMANNO, TALENTOSA ESCRITORA Y POETA SANTAFESINA Y UNIVERSAL, NOS REGALA DOS DE SUS CREACIONES



foto de Mónica Russomanno
 Recibida de la autora.

 
LAS DUEÑAS
     Arantza no pasea por el monte, lo adecenta. Rodeada de hijas, nietos, amigas de más allá del océano, centrada en el monolítico poder de las Madres, desde las altas cumbres de una vida de siete décadas criando, dando de comer, otorgando vida y haciéndose pasado referente,  presente y futuro en esas vidas entregadas y acompañadas. Arantza con su bastón corta las zarzas que invaden el camino de su monte, de su país, de su universo. Nada indiferente al vasto mundo, desde su porción de eternidad pone coto al caos y se involucra. Todo le pertenece, el paisaje que la contiene y la familia que la circunda. Es la pagana divinidad anterior a los ritos y a los oscuros arcanos. Aquí y ahora, con la maquilla-cetro, con ese bastón que sirve para caminar, para ordenar y para amenazar al bullicio de la joven jauría bullanguera, mujer de tono agudo y risa que no es risa sino risas con toda la cara.

     En otro continente y desde otros cielos, Gabriela dice sin ceremonias “yo no abandono a nadie”. Así con la grandeza de una estatura escasa y fuerzas relativas. Con la prepotencia de una entrega excesiva para los débiles, inconcebible para los tibios a quienes dice la Biblia que vomitará Dios de su boca. Tocada por la tragedia de una tía anciana, enferma y pobre, Gabriela se pone las botas y camina; a remar aunque el bote se llene de agua. “Yo no abandono a nadie”, y lo fácil que sería mirar para otro lado y dejar que los muertos entierren a los muertos, que las cosas sigan su curso, que algún otro reciba la pelota que cayó en la zanja.

     Mientras tanto Edurne ha dado de mamar a propios y ajenos, y los niños hacen fila para compartir con ella su momento dichoso, y el marido que recibe su ternura, y las hermanas tocadas por la calidez de los ojos verdes con las arrugas más hermosas del mucho sonreír. Edurne mujer maravilla que trabaja y pinta con esos colores tan de Edurne, que anda en bicicleta y corre y lee y además arrulla y acaricia y pasa con su piragua debajo de sus puentes de su ciudad, en su río que desemboca en la mar que rodea y colorea al mundo.

     Dichosas mujeres, estupendas mujeres de caldero y fuegos , de nacimientos y acompañamientos. Extraños pararrayos para las feroces inclemencias. Débiles cuerpos para fuertes voluntades. Ellas son las propietarias de la realidad, y allí están junto a lo verde y también para recoger las hojas que marchitan los otoños.

     Qué sería de la humanidad sin estos tutores, ramitas enhiestas que enderezan árboles frondosos. Dichosas portadoras de la luz, sacerdotisas del hogar que calienta la casa, las que atienden a los niños y ponen en su lugar los trastos. No todas las mujeres tienen esa fe en la potencia imparable del pequeño amor que se acrecienta y abarca el mundo.

     Arantza y Gabriela, Edurne y tantas otras. La soberbia de hacer y de intentar lo imposible, de ponerse enormes piedras sobre hombros endebles y sin embargo más poderosos que las muertes inevitables. Las redimirá para siempre el ser poseedoras del  presente efímero. Pasarán, como todo lo que está dentro del tiempo, pero habrán puesto una flor roja en un florero azul, habrán dado con las manos una palabra, habrán colocado un eslabón en la cadena de lo mágico. Habrán poseído por un momento el universo.
 Mónica Russomanno
 
                              
           
HONRAR LA VIDA



    En el noroeste de Mongolia todo el mundo se muere, pero las personas no mueren. Se lo dice el papá a Nansa, una niñita de ojos rasgados en un redondo rostro de manzana.
    El budismo los provee de un inagotable círculo de vidas que el alma recorre pasando de un arbusto a un camello, de un camello a un buitre, saltando de ser a ser, hermanando plantas, animales y seres humanos en un hálito eterno que se manifiesta multiforme y vital. La muerte no tiene más
relevancia que el cruce de un umbral. No angustia ni aterroriza. Los niños sólo sienten la curiosidad de quien se pregunta qué vestido usará mañana,qué abrigo le tocará en el invierno próximo.
    Pero no todas las vidas son iguales. Las personas poseemos una fineza de percepción, la capacidad de razonar y sentir con mayor agudeza que un yak o una cabra. Esos atributos son invalorables. Podemos, también, mirar las
estrellas, contar historias, acariciar un perro dormido. Somos capaces de amar.
    Volver a pisar el mundo como un ser humano es un privilegio.
    Una anciana recibe en su yurta a la niña que se ha mojado en la lluvia.
Toma un cazo con arroz, una aguja larga, y con la aguja en una mano derrama sobre ella puñados de arroz que caen como lluvia blanca. Le pide a la niñita que le avise cuando un grano caiga sobre la punta de la aguja. Puñado tras
puñado, la atenta mirada no logra encontrar que el milagro acontezca.
    La pequeña mujer arrugada y sonriente le cuenta a la niña que en el mundo existen infinidad de seres, y que la posibilidad de reencarnarse en una persona es tan remota como la de que un grano de arroz caiga en la punta
de la aguja. Así de esquivo es el milagro, así de difícil es ser un ser humano, y es por eso que cada vida humana es inapreciable.
    Ha de celebrarse, entonces, la vida humana. Y respetarla con la devoción con la que se preserva un frágil fuego en medio de la noche.
    Lo dicen los mongoles, allá por donde China y Rusia se confunden. Nos lo cuenta la directora Byambasuren Davaa, que quiso que su pueblo narre a través de sus filmes esa forma de vivir, sentir y explicar el universo.
    Ellos, los mongoles budistas que creen en un eterno pasaje de vidas, reverencian la maravilla de ser una persona y de tener la suerte de pertenecer por unos años al género humano. Nosotros, que no prestamos fe a historias de reencarnaciones, que creemos que esta vida es única,
despreciamos a nuestros semejantes y no honramos el maravilloso don de la humanidad que se nos ha concedido y reside en nosotros. Mancillamos el milagro, desperdiciamos la esquiva oportunidad de ejercitar los dones que nos fueron hechos. Si podemos amar, si podemos mirar la luna, si podemos narrar historias; entonces es nuestro deber hacerlo y por tanto, como lo cantó Eladia Blázquez, honrar la vida.


Mónica Russomanno


fuente: recibido directamente de la Autora, a la que 
agradezco y felicito por la calidad de sus creaciones.

 



La autora:

Mónica Graciela Russomanno nació en Santa Fe, en 1966 y es profesora en Artes Visuales.

Fue publicada en los diarios “Hoy en la Noticia”, “El Litoral”, “La Nación” de Argentina, “Ideas” de Cuba, “Xicòatl” de Austria y “Etcétera” de Zaragoza

Editada virtualmente en las publicaciones “Inventiva Social”, “Unión digital”, “La máquina de escribir”, “Página 1”( de Israel); escribe ensayos en “El Arca del Sur”.

Ha guionado los videos “El gueto de Varsovia”, el realizado por los 90 años de la radio “LT9”, así como “Relatos de Euskadi” y “El Arca del Sur”.

Fue premiada en el concurso por los 70 años de la UNL, “Nitecuento” de Editorial Mizares, el certamen de la Editorial “Nuevo Ser”, y el organizado por “Historias para el café”.

Editada en la Antología “En bandada”, participa como autora invitada en encuentros con estudiantes, y es jurado del concurso anual de cuentos juveniles de la organización “El Puente”.

En el año 2009 la Asociación Trabajadores del Estado le editó un libro de cuentos, “Historias versas y perversas” dentro de la colección Bienes Culturales.
Fue/es publicada en los Blogs:
 
"SANTA FE, MI PAIS" , 'PAGINA 1 - JOSE PIVIN' Y 'EL GALLO EN ALPARGATAS',

e-m: russomannomonica@hotmail.com

viernes, 18 de enero de 2013

Mónica Russomanno: "MAÑANA, EL HOY MEJORARÁ".


 
 
 
 
 
     Como a tantas generaciones, se nos cayeron las palabras de las manos y quedaron irremediablemente maculadas.

     Ya no hubo forma de recomponer el héroe quebrado en fragmentos, de repintar la deslucida felicidad, de recuperar la honestidad así sin sentirse un tonto, esa palabra honestidad que rodó debajo de una pila de papeles sucios y cáscaras de naranja.

     No hemos tenido desde entonces más que recuerdos de bellos conceptos que fueron hecho y vida en el pasado, pero son hoy, para nosotros, nostalgia y recuerdo. Nada es lo que fue, las frutas se nos pudren en los árboles.

     Cuántas veces he leído “somos enanos en hombros de gigantes”, gigantes los antepasados, gigantes aquellos hombres y mujeres de proporciones épicas, gloriosos en un ayer iluminado como un cielo que tiene la llama viva del atardecer glorioso y a la vez es ocaso de tiernos, intimistas dorados.

     Cuántas veces, al través de los libros y las épocas, hemos escrito la decepción de ver a una juventud sumida en la desintegración y la desidia, mientras que nos enorgullecemos de las indudables virtudes de nuestros abuelos. Nuestros abuelos trabajaron de sol a sol, se esforzaron, sacaron adelante a sus hijos, construyeron y sembraron, no como estos jóvenes que tienen todo servido pero son débiles, inconstantes, desagradecidos.

     Pero quien añora un pasado feliz e impoluto añora lo que visto de lejos, engaña. El río Paraná en un día de sol y desde el puente, es celeste, brillante, reluciente de reflejos cristalinos. Espeja el cielo. Desde la orilla, sin embargo, es marrón como todo río que transita pesado y meandroso por la llanura. Y el río es siempre el mismo río, pero no obtenemos la misma impresión desde distintos observatorios.

     Así, no vemos en nuestros días más que la corrupción y el desorden, mientras que suponemos que hubo un pasado, alguna vez, en el que las cosas eran justas y razonables. El río espeja el cielo, hacemos que el reflejo de ese pasado nos muestre lo que deseamos, lo que necesitamos ver.

     Recuerdo un extenso panegírico de la primera mitad del siglo veinte, de la vida simple, los fuertes valores, la seguridad de los niños jugando en la calle, de la luz en los hogares que no expulsaban a sus viejos ni se desintegraban en divorcios, la comida saludable en cocinas llenas de frascos de vidrio, los juguetes de trapo, la blanca mesa enharinada para amasar, los patios con malvones, la solidez de las maderas macizas en los muebles hechos para durar varias generaciones. En fin, que uno acuerda y se solaza en una visión de la vida como fue y como debería ser. Por debajo, sin embargo, de tanta maravilla, por debajo del reflejo del cielo, del celeste prestado por el cielo, esto es, por la pátina que pone la evocación sobre los hechos concretos, podríamos referirnos a esa primera mitad del siglo con dos guerras mundiales, hornos crematorios, las mujeres sometidas, los pobres analfabetos, los judíos y negros denigrados, despreciados los inmigrantes, miles de niños trabajando en los campos y las fábricas, comunidades aborígenes pereciendo, padres de familia tiranos y violentos con su esposa y su prole. Todo estuvo allí, también, junto a las navidades con cintas y las alegres comparsas.

     El pasado fue, el presente es, el futuro será, y la gente sigue cometiendo abominaciones y actos de una majestad redentora. Siempre estamos al final de los tiempos, siempre estamos en la disolución de la sociedad, en el trastocamiento generalizado de las costumbres. Porque el mundo muta y se recompone como las fantásticas composiciones aleatorias de los caleidoscopios, y nosotros, subidos al filo del hoy, queremos que la máquina deje de girar, que la escena se fije en un único instante que corresponde a la brevedad de nuestras pobres vidas.

     Y somos tan héroes, tan cobardes, tan traidores, tan generosos y tan humanos como siempre, enanos sobre enanos o gigantes sobre gigantes, qué más da, depende de quién mire y desde cuál atalaya.
 

      Mónica Russomanno
e-m: russomannomonica@hotmail.com


La autora:

Mónica Graciela Russomanno nació en Santa Fe, en 1966 y es profesora en Artes Visuales.

Fue publicada en los diarios “Hoy en la Noticia”, “El Litoral”, “La Nación” de Argentina, “Ideas” de Cuba, “Xicòatl” de Austria y “Etcétera” de Zaragoza

Editada virtualmente en las publicaciones “Inventiva Social”, “Unión digital”, “La máquina de escribir”, “Página 1”( de Israel); escribe ensayos en “El Arca del Sur”.

Ha guionado los videos “El gueto de Varsovia”, el realizado por los 90 años de la radio “LT9”, así como “Relatos de Euskadi” y “El Arca del Sur”.

Fue premiada en el concurso por los 70 años de la UNL, “Nitecuento” de Editorial Mizares, el certamen de la Editorial “Nuevo Ser”, y el organizado por “Historias para el café”.

Editada en la Antología “En bandada”, participa como autora invitada en encuentros con estudiantes, y es jurado del concurso anual de cuentos juveniles de la organización “El Puente”.

En el año 2009 la Asociación Trabajadores del Estado le editó un libro de cuentos, “Historias versas y perversas” dentro de la colección Bienes Culturales.


Fue/es publicada en los Blogs:
 

"SANTA FE, MI PAIS" , 'PAGINA 1 - JOSE PIVIN' Y 'EL GALLO EN ALPARGATAS',




NOTA DEL EDITOR DE ESTE BLOG,


El texto que aquí publico lo recibí hoy directamente de la autora.



Felicito  a Mónica por el mismo.  
El tema no es fácil.  La realidad que nos rodea trampoco.




Mónica es una de las voces sobresalientes en la literatura santafesina actual.



Así lo definió una colega suya. Y sin ofender ni desmerecer a nadie, creo que tiene razón.
Me honra su amistad y me hace feliz leer sus ensayos, 
aún cuando los mismos son más serios que otros. 

Mónica es al mismo tiempo una poeta, una escritora, 
una cámara fotografica y un grabador de la realidad. 
Esa realidad que cada vez es más dura y difícil de 
sobrellevar, en un  mundo que traiciona lo bueno de la
 vida de trabajo, de la vida familiar como antes, un
mundo cada vez más corrupto y traicionero.    



Lic. Jose Pivín

frente al puerto de Haifa

frente al mar Mediterráneo

sábado, 14 de julio de 2012

MONICA RUSSOMANNO, escritora, poeta, ensayista, Profesora de Artes Visuales, una de las voces mas talentosas de la literatura actual en la Ciudad de Santa fe de la Vera Cruz



                                                 ZARANDEO



     Es Mar del Plata. Es enero. Es la migración anual de los bañistas.
     Los turistas nos movemos en masa, avanzamos de a grupos coloridos, nos frenamos en los semáforos o desafiamos a los automóviles confiados en que los conductores se atemorizarán frente a la multitud cargada de sombrillas, bolsas, termos, esterillas playeras, sándwiches derretidos, niños rezongones.

     Nos movemos como (con perdón) las ovejas. La comparación es inevitable porque de lejos las voces llantos y carcajadas son un balido indistinguible y caleidoscópico. Desde la habitación del hotel parece escucharse el ruido de las mareas pero es en realidad el rumor incesante que llega en oleadas que fluyen y confluyen y golpean y se retiran y suben y suben y no acaban, no hallan reposo. Unas mareas emergentes como humo sonoro, una nube formada por millares de voces que imitan el mar.

     Todo está en venta. Igual que en la gruta de Lourdes donde el pesebre funciona metiendo la moneda en la ranura y los angelitos suben por las paredes o los castillos se iluminan; las estatuas vivientes se animan con monedas, los malabaristas callejeros lanzan sus antorchas al aire por monedas, los cuentistas profieren sus chistes, los cantantes con micrófonos fatigados se desgañitan por monedas, las gitanas agresivas lanzan sus maldiciones por las monedas no dadas, los ancianos sin brazo agitan su latita, los cuidadores de autos revolean el trapito amarillo mientras lanzan reclamos roncos, los choclos salen del agua hirviente, los aviones remolcan sus carteles aéreos, sale el alfajor de su sueño en el estante, piruetea el lobito marino azul rosado o violeta antes de reposar en la bolsa de regalo.
Todo por monedas.

     Siento que el suelo se agita, que todo el suelo de la ciudad se mueve constantemente cribando los sueldos que escapan de los bolsillos con la boca abierta. Y las monedas caen, caen, caen por el zarandeo. Si de pronto me hallo en una plaza frente a la estatua de San Martín, y busco sin darme cuenta un sombrero, una alcancía, algún agujerito donde introducir la moneda que lo anime para que me salude con la espada.

   Mónica Russomanno
   Santa Fe, Enero 2006 
\

e-m: russomannomonica@hotmail.com


La autora:

Mónica Graciela Russomanno nació en Santa Fe, en 1966 y es profesora en Artes Visuales.

Fue publicada en los diarios “Hoy en la Noticia”, “El Litoral”, “La Nación” de Argentina, “Ideas” de Cuba, “Xicòatl” de Austria y “Etcétera” de Zaragoza

Editada virtualmente en las publicaciones “Inventiva Social”, “Unión digital”, “La máquina de escribir”, “Página 1”( de Israel); escribe ensayos en “El Arca del Sur”.

Ha guionado los videos “El gueto de Varsovia”, el realizado por los 90 años de la radio “LT9”, así como “Relatos de Euskadi” y “El Arca del Sur”.

Fue premiada en el concurso por los 70 años de la UNL, “Nitecuento” de Editorial Mizares, el certamen de la Editorial “Nuevo Ser”, y el organizado por “Historias para el café”.

Editada en la Antología “En bandada”, participa como autora invitada en encuentros con estudiantes, y es jurado del concurso anual de cuentos juveniles de la organización “El Puente”.

En el año 2009 la Asociación Trabajadores del Estado le editó un libro de cuentos, “Historias versas y perversas” dentro de la colección Bienes Culturales.
Fue/es publicada en los Blogs:
 
"SANTA FE, MI PAIS" , 'PAGINA 1 - JOSE PIVIN' Y 'EL GALLO EN ALPARGATAS',


NOTA DEL EDITOR DE ESTE BLOG,

El texto que aquí publico lo recibí de la autora  en Enero de 2006.
Con tardanza lo publico hoy. El mismo no ha perdido la frescura ni la actualidad.
Felicito  a Mónica por el mismo.

Mónica es una de las voces sobresalientes en la literatura santafesina actual.

Así lo definió una colega suya. Y sin ofender ni desmerecer a nadie, creo que tiene razón.

Lic. Jose Pivín
frente al puerto de Haifa
frente al mar Mediterráneo

lunes, 18 de junio de 2012

La Sociedad Argentina de Escritores (Asde) Santa Fe hará un nuevo café literario del ciclo “Andar en palabras” 2012, el jueves 21 a las 18 hrs.

“Andar en palabras”


La Sociedad Argentina de Escritores (Asde) Santa Fe hará un nuevo café literario del ciclo “Andar en palabras” 2012, el jueves 21.

La cita será a las 18 en la confitería ubicada en Bv. Gálvez y Alberdi, donde leerán sus trabajos los escritores Héctor Burguener, Mirta Yngui, Belkys Larcher de Tejeda y Marisa Romanesi.

Estos autores se suman a la nómina de quienes leyeron sus trabajos en los encuentros anteriores, realizados en abril y mayo: Silvia Schonhals, Héctor de León, Gladys Benz de Pertov, Susana Persello, Mirta Gaziano, Mónica Russomanno, Nora Didier, Zulma Molaro y la paranaense Nélida de Allegro. También leyeron poemas o fragmentos en prosa de destacados escritores, como Eduardo Galeano, Juan Rulfo y Griselda Gambaro, entre otros.

fuente: DIARIO 'EL LITORAL' DE SANTA FE

martes, 22 de mayo de 2012

MONICA RUSSOMANNO, TALENTOSA ESCRITORA Y POETA SANTAFESINA NOS PARTICIPA SU CUENTO: "EL SILENCIO POR SUPRESIÓN"



EL SILENCIO POR SUPRESIÓN




     Cuando llegó del supermercado empezó por dejar las bolsas encima de la mesa, y enseguida buscó lo que necesitaba frío; haciendo equilibrio con las salchichas, un corte de cerdo y las bandejitas con pollo trozado, abrió la puerta de la heladera y no se encendió la luz. Pensó que se habría quemado la bombilla, pero en el freezer el hielo era agua dentro de las cubeteras, y las milanesas habían perdido su rigidez. Quizás había dejado de funcionar desde el día anterior, pero recién ahora lo notaba.
      Justo ahora, se dijo, pero siempre el día de hoy es el peor momento para que algo salga mal. Justo ahora, se dijo, justo ahora que hay que comprar la ropa de los chicos para el colegio, los útiles, los libros, y se acumulan los gastos de inscripciones y cuotas. Se recostó contra la mesada, justo ahora.
     Después de suspirar y peinarse con la mano el cabello, le tocó timbre a la vecina y le preguntó si tendría lugar para dejarle algunas cosas en su heladera. Puso todo en una bandeja y volvió. La vecina le objetó que estando los artículos descongelados no era bueno recongelarlos, que hay que consumirlos o tirarlos. Sucedió la argumentación; ella que no, que en un documental explicaron que no es malo volver a congelar los alimentos, que no, que para nada, y había la cosa de la ruptura de las paredes celulares que cambia la textura pero no hace que las cosas se echen a perder, y mientras tanto con la bandeja arriba de la mesada de la vecina, y las cosas tan a la vista, los envases abiertos, esa desprolijidad expuesta a extraños.
     Pero que no importa, de veras, en serio que dijeron que se pueden volver a congelar los alimentos descongelados, y la vecina que no se convencía y ella que se sintió absurda dando explicaciones, casi suplicando que le ponga las cosas de una vez por todas en el freezer, y se hubiese ido si no fuese porque mantenía la sonrisa y la paciencia porque necesitaba salvar la mercadería, más aún ahora que quién sabe cuánto iba a costar el arreglo de la heladera.
     Por fin volvió a su casa y se le endureció el estómago cuando pensó que debería decirle al marido que la heladera no funcionaba. Justamente la heladera, que era una de las cosas que habían perdido su existencia.
     Si lo que no se nombra desaparece, es como si no estuviese o jamás hubiese existido, entonces en su casa había una enorme cantidad de objetos fantasmas.
     Para que ocurriese la desaparición de la heladera había sido lo del hijo menor. Dos años atrás le regalaron un triciclo, y a causa del entusiasmo que le produjo el triciclo rojo, la misma mañana del cumpleaños no esperó a salir a la vereda, se subió a su triciclo y cuando intentó girar en la cocina, la rueda trasera chocó contra la puerta de la heladera y le dejó una dolorosa herida arañada con pintura roja sobre la pintura blanca.
     Desde entonces, hacía ya dos años, la heladera había pasado a formar parte de la casta de los innombrables.
     Una vez que hubo gritos motivados por algo, el lugar o el objeto involucrado quedaba anulado del registro de realidad de la familia. Era una norma jamás enunciada, pero los niños la acataban perfectamente con esa comprensión animal de los niños por los climas espesos, los rostros mudos y las expresiones de los cuerpos torturados. Habían comprendido perfectamente, los niños, que una vez borrado algo de lo visible y señalable, debían obedientemente enceguecer sus propios ojos a lo molesto, a lo acaso peligroso.
     La mujer se dijo que para comunicarle al marido que la heladera no funcionaba, debería nombrarla, decir la heladera no funciona, y ese nombrar la heladera la traería de vuelta a la realidad tangible, y otra vez quedaría expuesta la rayadura roja sobre la pintura blanca, y sería nuevamente el grito, quizás el golpe. Pensó en llamar al service sin decirle al marido, pero jamás lograría que la arreglasen antes de la cena cuando la necesidad de hielo para el vino con soda la dejase expuesta.
      Quizás pudiese llamar al service y guardar silencio, y el marido al abrir la heladera no hiciese comentarios, y la heladera siguiese en modo de fantasma, y el marido quizás se contentase con fruncir el ceño y mantener un silencio más espeso y no otra cosa. Quizás se pudiese sortear el mal trago, quién sabe.
     Y justo ahora, se dijo, justo ahora tiene que aparecer la heladera. El televisor no se nombra desde que la nena se levantó sigilosamente en la noche a ver el final de una novela, y el padre salió de la cama y arrancó el enchufe de la pared. El piletín está armado todavía en el patio, y los chicos lo usan, pero no se habla de él desde que salpicaron demasiado, el agua llegó a la calle y un inspector municipal les levantó una multa.
     La mujer recorrió la casa y faltaban tantas cosas. Tanto sinsabor había desdibujado, uno a uno, el respaldar de una cama, una de las bicicletas, la puerta del placard de los chicos, el piso del baño, un estante del pasillito. Y aquello también, y la azucarera, y tanto más.
     Miraba desde el recuerdo la casa, y veía su hogar cuando todavía no faltaba casi nada, y se podía hablar de la cortina, del colibrí en las flores azules, de la película en el cine y de aquellos amigos que, también, uno tras otro habían ido desapareciendo.
     Abrió la guía telefónica para buscar un service de heladeras y habló resignadamente. Recién mañana pasarán a hacer un presupuesto.
     Sentada con las manos sobre el regazo, la mujer anheló el día en que ella y sus hijos demuestren su absoluta, su inocultable incorrección frente al marido, y puedan desaparecer finalmente, escapando, por fin, de su mirada.


MONICA RUSSOMANNO


e-m: russomannomonica@hotmail.com


La autora:

Mónica Graciela Russomanno nació en Santa Fe, en 1966 y es profesora en Artes Visuales.

Fue publicada en los diarios “Hoy en la Noticia”, “El Litoral”, “La Nación” de Argentina, “Ideas” de Cuba, “Xicòatl” de Austria y “Etcétera” de Zaragoza

Editada virtualmente en las publicaciones “Inventiva Social”, “Unión digital”, “La máquina de escribir”, “Página 1”( de Israel); escribe ensayos en “El Arca del Sur”.

Ha guionado los videos “El gueto de Varsovia”, el realizado por los 90 años de la radio “LT9”, así como “Relatos de Euskadi” y “El Arca del Sur”.

Fue premiada en el concurso por los 70 años de la UNL, “Nitecuento” de Editorial Mizares, el certamen de la Editorial “Nuevo Ser”, y el organizado por “Historias para el café”.

Editada en la Antología “En bandada”, participa como autora invitada en encuentros con estudiantes, y es jurado del concurso anual de cuentos juveniles de la organización “El Puente”.

En el año 2009 la Asociación Trabajadores del Estado le editó un libro de cuentos, “Historias versas y perversas” dentro de la colección Bienes Culturales.

Fue/es publicada en los Blogs:
 
"SANTA FE, MI PAIS" , 'PAGINA 1 - JOSE PIVIN' Y 'EL GALLO EN ALPARGATAS',


NOTA DEL EDITOR DE ESTE BLOG,

El cuento que aquí publico lo acabo de recibir de la autora, 
a la que agradezco y felicito por el mismo.

Mónica es una de las voces sobresalientes en la literatura santafesina actual.

Así lo definió una colega suya. Y sin ofender ni desmerecer a nadie, creo que tiene razón.

Lic. Jose Pivín
frente al puerto de Haifa
frente al mar Mediterráneo

jueves, 3 de mayo de 2012

Mónica Russomanno, escritora, poeta, ensayista, artista plástica, profesora en artes visuales, una de las voces femeninas actuales más notables de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz


CUANDO ÉRAMOS CREYENTES

     No confío en los vendedores. Sospecho con ojos oblicuos de las muchachitas simpáticas que me aseguran que el cuero va a ceder, ni lo dude, apenas lo use un poco se estira. Desconfío del dependiente de la fiambrería que alaba lo excelso de un jamón cocido paralelepípedo perfecto (¿de un cerdo de cartón piedra? ¿de un cerdo pintado por Picasso en etapa cubista? ¿de cerdo?, me pregunto al fin y acortando la interrogación). No les creo para nada a los vendedores de automóviles que aseguran cuotas y financiaciones como oportunidades únicas e imperiosas.
     No le creo al gasista que me dice que el problema en el calefactor es el pipertrico de la gisbátula, ni le creo al médico que duda poniendo el dedo sobre el vademécum como sobre la tablilla adivinatoria de algún hechicero de arcilla y paja.
     Todos son recienvenidos, pasajeros que circunstancialmente ocupan este lugar esperando a que quien se baje en una estación próxima deje un asiento libre. Son los no profesionales, los que esperan ser descubiertos por algún evento televisivo, conseguir algún puestito en el estado, zafar; esto es mover rodillas y cintura, desprenderse del yugo y pastar apaciblemente al sol.
      Con reverencia escuchábamos al plomero cuando hablaba de soldaduras, codos y conexiones, con fe de beatos seguíamos las recomendaciones que salmodiaba el señor del bazar para cuidar la batidora eléctrica; recitábamos las instrucciones para la conservación de la paellera que nos había dado un herrero y cumplíamos la novena dictada por el paragüero para desanudar varillas y mantener intacto el velo impermeable.
     Ahora de inmediato nos damos a la sospecha.
     Escuchamos con cara de que sí pero pensamos mejor busco otro presupuesto, otra opinión, pero entonces cómo sé quién tiene razón, si seguro el próximo que consulte me va a decir otra cosa. Y la cara sigue tratando de ser impávida, pero qué desasosiego, y mucho fastidio encabalgado, y allá al fondo la resignación y la derrota.
     Creíamos, por aquellas épocas, que la gente sabía lo que estaba diciendo, creíamos que la gente se dedicaba a su oficio y mantenía visibles las banderas de su orgullo profesional. No sé si sabrían o no, no sé si el porcentaje de ineptos e ignorantes es mayor o menor por estos días, pero la sensación de sospecha, la sensación de que nos están diciendo mentiras convenientes es desconsoladora. Y esa horrible sensación de que ni tan siquiera nos mienten sólo por provecho sino por desidia, desinterés, ineptitud.
     Y leer algo en internet que algún ser ignoto puso allí porque se le dio la gana, y escuchar a algún político sosteniendo con énfasis e impunidad exactamente lo opuesto a lo que sostuvo cuándo, la semana pasada tal vez, quizás ayer a la siesta. Y que nos hagan promesas de felicidad desde la televisión, y no creerle a los productos para el cabello con esos extraños ingredientes activos como los polvos para lavar la ropa, y no creer en fin que haya algo seguro y sólido, y hasta estar contentos de que el tembladeral socave cimientos y permita que las torres inclinadas se den por término en los suelos.
     Pero esta sensación de no creer, pero esta enfermedad de la sospecha. Con ojos rasgados medimos las efusiones de los dependientes, calibramos el tono de los operarios, repetimos las fórmulas de atrás para adelante a ver si en el mensaje está la voz del diablo.
     Y qué pena que los niños del parvulario no le crean a la maestra, que las voces de los profesores se topen con muros de sospecha altos como fortalezas inexpugnables. Cuánta tristeza tanto sesgo, tanta desconfianza.
     No digo tanto como en un dios, pero sería bueno poder creer en nosotros mínimamente. Al menos en dos o tres personas, al menos por un rato.

   Mónica Russomanno

e-m: russomannomonica@hotmail.com


La autora:



Mónica Graciela Russomanno nació en Santa Fe, en 1966 y es profesora en Artes Visuales.

Fue publicada en los diarios “Hoy en la Noticia”, “El Litoral”, “La Nación” de Argentina, “Ideas” de Cuba, “Xicòatl” de Austria y “Etcétera” de Zaragoza

Editada virtualmente en las publicaciones “Inventiva Social”, “Unión digital”, “La máquina de escribir”, “Página 1”( de Israel); escribe ensayos en “El Arca del Sur”.

Ha guionado los videos “El gueto de Varsovia”, el realizado por los 90 años de la radio “LT9”, así como “Relatos de Euskadi” y “El Arca del Sur”.

Fue premiada en el concurso por los 70 años de la UNL, “Nitecuento” de Editorial Mizares, el certamen de la Editorial “Nuevo Ser”, y el organizado por “Historias para el café”.

Editada en la Antología “En bandada”, participa como autora invitada en encuentros con estudiantes, y es jurado del concurso anual de cuentos juveniles de la organización “El Puente”.

En el año 2009 la Asociación Trabajadores del Estado le editó un libro de cuentos, “Historias versas y perversas” dentro de la colección Bienes Culturales.

Fue/es publicada en los Blogs:
 
"SANTA FE, MI PAIS" , 'PAGINA 1 - JOSE PIVIN' Y 'EL GALLO EN ALPARGATAS',
que edita el poeta santafesino Jose Pivín , desde Haifa, Israel.

domingo, 8 de enero de 2012

Monica Russomanno: LA TÌA Y EL PELO BATIDO



LA TÌA Y EL PELO BATIDO


Gracias a Gabriela Benítez


Baglietto canta “la vida es una moneda”. Su voz en la radio guía la melodía cómoda, familiar, largamente degustada al través de los años. “La vida es una moneda” –dice- , “quien la rebusca la tiene, ojo que hablo de monedas y no de gruesos billetes”.


Baglieto es una voz en la radio, no lo veo, pero surge en mi mente nítido y preciso en imágenes superpuestas desde el muchachito delgado de cabellos largos hasta este señor pelado de gorrito. Sigue cantando.


“Sólo se trata de vivir, esa es la historia, con un amor sin un amor, con la idiotez y la locura de todos los días…”


La canción relata la vida como un corte de muchas capas. Lo bueno, lo malo, lo admirable, la vida así como esa cosa indefinible por exceso de seres, de situaciones, de historias.


Y Gabriela contó una historia. Era de noche, claro, y era una historia de esas tan a lo Gabriela, tan de pueblo y de viejos, tan breves y extensas, con esa extensión que les da el derramarse sobre muchos recuerdos, penetrar en poros como aceite en la madera, quedar prendidas en la memoria.


“Sólo se trata de vivir” canta Baglietto, y Gabriela cuenta que habló por teléfono con la tía vieja de allá donde la laguna tiene sabor amargo y donde comienza la sequía.


Esta tía tuvo dos hijos. Uno que se fue tempranito a la tierra, otro que emigró a Norteamérica hace un siglo, hace mucho, hace un escándalo de años más tiempo de lo que nadie hubiese debido, y más que nada cuando jamás volvió y allá entre maíz y carreteras crecen dos hijos que nacieron aquí y otros dos ya tan extranjeros, tan otros, dos nietos que la tía de Gabriela no va a conocer, que vivieron en el vientre materno su oscuro mundo de peces y luego fueron arrojados, y lloraron, y crecieron sin un rastro de la laguna amarga, sin historias de pueblos polvorientos, sin abuela.


La tía de Gabriela se quedó sola entonces, y la diabetes la fue dejando casi ciega.


Gabriela, que habló con la tía por teléfono, le preguntó a la mujer vieja, y sola, y rodeada por la penumbra, le preguntó a la tía que cómo había pasado el fin de año.


“Yo tengo muchos amigos” –dijo la tía. “Mucha gente me invitó a ir a su casa, pero yo fuera de mis cosas y mis muebles me pierdo, me tropiezo, no doy con las puertas ni con los cuartos”.


Una de las mujeres que llamó para invitarla convino en que bueno, que está bien, que se quedase sola pero le pidió una cosa. Que no fuera a pensar en lo malo, en lo que le falta, en lo que no fue o se fue o ya no es. Le dijo que por favor pensase sólo en lo bueno que le dio la vida.


Y las palabras le quedaron rondando a la tía. A veces sucede que alguien dice algo y no cae en saco roto, cierta frase, un consejo aparentemente obvio, un salvavidas naranja en el agua marrón rescata un náufrago.


La voz de la tía en el auricular le contó a Gabriela cómo pasó las fiestas. Le dijo que se batió el pelo (lo tiene largo, la ceguera le dificulta ir a la peluquería), se peinó, se puso una blusa y una pollera blancas y negras, unas sandalias blancas, se adornó con los aros y collares del cajón grande de la cómoda, se maquilló, se perfumó, tomó una silla y se fue, como quien sale al baile, a sentarse a la vereda.


La voz de la tía que viene de allá lejos, que atraviesa mil cuatrocientos alambrados, dos riachos y múltiples bañados, la lejana voz de la tía llega al auricular. Y le cuenta a Gabriela “los vecinos me aplaudieron”.


“Sólo se trata de vivir” dice Baglietto en la radio. Con lo que se tiene y se puede. Como se pueda, sólo se trata de vivir, canta Baglietto. Y dice, abriendo los brazos, “a lo mejor resulta bien”.


No le veo la cara, no hace falta, cuando llega a esa estrofa (y escuché esta canción mil veces), cada vez que dice que a lo mejor resulta bien le creo y me convence, y canto con él, y deseo que el sol nos alumbre, y con su sonrisa que no veo pero le oigo en la voz me vuelve a decir que quién sabe, que quizás las cosas al fin y al cabo sí resulten.


Mónica Russomanno


russomannomonica@hotmail.com