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sábado, 13 de octubre de 2012

Gustavo M. Galliano, poeta, narrador y docente universitario de la Ciudad de Rosario.: "NUEVE POEMAS"





NOS VERAN CAER

Nos verán caer
esquirlas del pasado
de un pasado tan cruel,
que nos desnuda e inmola.
Nos verán estrellar,
en sueños anhelados
que el inerte sopor
no logró revelarlos.
Catapultándonos,
el Reino Real se mofa,
y con suprema crueldad,
todo amor destroza.
Muro de gran maldad
no detendrás el viaje,
Muro del gran dolor
absurdo y cruel montaje.
Claroscuros ya,
untados de cenizas,
tejiendo nuestra piel,
pasearemos por Niza.
Quizás por Montparnasse,
bendeciremos almas,
y al soñar, soñar,
encenderemos la hoguera.
Nos verán caer, caer,
en esquirlas de otoño,
sueños de escarcha gris,
sonrisa de ciertos Demonios.


ALEJA LAS FURIAS

Homenaje a Gustavo Cerati




Hombres alados rasgan el himen de la noche,
con su aletear de interrogantes signos,
voraces, amores descartables, profanadores,
esparcen ritmo y tulipanes negros.
Hombres alados... niños musicales, prófugos de amor...
habitantes de mundos carente de suertes o muertes,
convencidos que serán eternos,
suelen pisotear sus debilidades.
Alguien, sin ser abuelo,
se ofrece como una guindilla ardiente,
que al compás del contínuo y rítmico virus
aparece dando vueltas por mi pecaminoso garaje.
Se trepan al Cadillac del Carpo, destrozando macadam,
pleno de riff, en Larrea, esquina Sarmiento,
la Biblia es una batería a su lado,
y la vox dei solo grita sobre nubes y lenguas.
El montañés tiene su cabaña preparada,
Ellos, sin tiempo, pueden esperar aún por mucho,
Federico, Miguel, Norberto, Rubén, tantos otros,
el vino, el pan, la leña, manzanas y guitarras.
Aquí, en la Ciudad de la Furia,
las bestias oscuras arremeten, insaciables,
hombres alados versus ángeles malvados,
cuando pase el temblor, habrán finalizado.
Rezamos tus letras, cultivamos tu música,
¿hasta cuando el descanso?
despierta, Hombre de Luz, energía y signos,
regresa la alegría, y en tu sonrisa transmigra el dèjá vú.


EN MIS ATARDECERES
"Uno está enamorado cuando se da
cuenta de que otra persona es única."

Jorge Luis Borges
.
Agazapado en la cima de mi debilidad
implorando a Dioses o Bestias me liberen,
no vano ha resultado el sacrilegio,
bendigo a la pasión, mientras tú duermes.
La descarada adolescencia te bendijo,
desgarrando con lustros e inocencia a mi alma,
maldito peso de esta extirpe no anhelada,
piedra sobre piedra, murallas de abrazares.
Hete allí mi amor, pletórica de sueños,
limpia de pecados, sana de maldades,
que me redime sublime hasta embriagarme,
y engañarme: no son mis alas de gárgola, sino de ángel.
Nado sobre mis pasos, recorro mis palabras,
intuyo la fruta de tus labios, y si fuera pecar...
efervescencia y descaro, fuego que marca,
soy la pasión, eres el ansia.
Mi complacencia, tus desplantes, huracanes,
círculos sociales, esferas ovoidales,
culturas uniendo sexos, nuestra pasión,
esa canción, y París siempre latente.
Longevos berrinches intrascendentes,
comprendo a Nietzsche, no tus desplantes,
me enardece tu sonrisa, tus ojos ámbar,
tu egoísmo emocional tan lujurioso.
Madurez... ¡tanto importa la mosca, dulce baya!
me yergo ante tus besos apasionados,
aprisionada mi alma en la mazmorra
de la eterna juventud en marfil tallada.
Pleitesía a piel tan suave, fragante y generosa,
que me seduce con descontrol y condescendencia,
encendiendo las farolas premonitorias,
hacia los infiernos más temidos y más deseados.
Y en la parafernalia del orgasmo compartido
me desintegro, suplicando a las ánimas me reconstruyan
implorando un lapso más, para contemplar,
la belleza e inteligencia de tu audaz esencia.
Acto de burdo arrojo, en desborde emocional, cito
al Tristán Bernard enardecido: "Los amores son como las setas,
que no sabe uno si son venenosas
hasta que ya las ha comido y es demasiado tarde".


PAZ IN ETERNUM

Hubo tiempos en los cual
las guerras templaron aceros,
y entre montañas de muerte,
se levantaron nuevos templos.
Hubo tiempos en los cual
se traicionaron hermanos,
y entre fragores de suerte,
se erigieron buenos sueños.
Pude soñar una paz tan silente,
que se arraigo en nuestros cuerpos,
cual ventura más causal, sinceramente.
Y decidí defender, la paz por sobre el Khrónos,
poniendo a prueba mi constancia, mi fe más enorme,
a cambio de acero dí, de mi ser el compromiso.


SUSURROS DE LA NOCHE

El aura de la noche
gime en avalanchas,
serpenteante, candorosa,
transpirando color.
Montada sobre nubes
tus brazos, cual férreas aspas,
emprenden cabalgatas, eternas,
por sobre el éxtasis del amor.
Remolinos de seda,
entrelazados al gozo,
mientras espasmos fragorosos
beben aguardiente del crear.


PULSACIONES

Perlas nacaradas de sal
corrompen tus encías con sonrisas,
bebiendo el peregrino sudor de mirra,
la flema del ajenjo, ángel desértico.
Letras circulando arterias
en el corazón vertiginoso del alma,
cual biblioteca humana transmigrada
bifurcándose por venas y vectores.
Manos vacías de tímidas caricias,
brazos exiliándose de abrazos,
vano será cada latido entonces
si esos ojos se hacinan en sus cuencas.
Músculos amnésicos de tensiones,
tendones distendidos, holgazanes,
fortaleza erigida en ruina ardiente,
Infierno de la otrora joven Muralla.
Destellos implosivos, disonantes,
música del alma amarrando ensueños,
desesperados tulipanes sofocando puentes
y ante el menor desliz truenan Tocata y Fuga.
Cartas de amor jamás escritas,
rostros desfibrilando memorias,
cartílagos de pasión deshilachados,
derrotero del olvido perpetuo y marmóreo.
Letras, caricias y abrazos,
pasión y sensualidad anquilosadas,
braman las perlas rumbo al averno sensitivo,
pulsaciones aceleran el beso, in eternum, a tu cuello.

DE CUMBRES Y GOCES

Irrumpo en la cima
turgente de tus pechos,
y me deslizo
bañándote de luna.
Por la planicie marfil,
donde tu vientre,
desemboca afiebrado
en plena tundra.
Y a paso de machete,
embisto enceguecido,
contra la húmeda oscuridad
del Gran Deseo.
Y en el vórtice fugaz
de lava y fuego,
inundo de semillas tu caverna,
con vértigo ciclópeo, jadeos.

SER QUIEN FUI

Sobre la barca que abarca,
No sé si vengo o si voy,
No sé si es trascendente,
Lo importante resulta si soy.
Escudo del guerrero brillante,
Murmulla el alma triste,
Lento el cuervo lanza su graznido,
En el bosque turgente de tu voz.
El prado de las gaviotas
Encadenados en islas
Reclaman su potestad,
Sobre la tierra de redes.
En el país de anillos de oro,
Expuse mis intenciones,
Intempestivo, impetuoso,
Pleno, confiado en aquél muérdago.
Pero el faro de tu frente,
Venció a la espada de la boca,
Y aquella actitud de Diosa,
Transformose en águila que come avena.
Fui gentil sedal en primavera,
Pero nada floreció ni solicito carnada,
Hoy me retraigo en lecturas,
De poetas más prosaicos.
Huirán de mí las golondrinas,
Las naves, las flores y las armas,
Pero los libros me amaran siempre,
Las palabras me acariciaran las sienes.
Fui longevo nombre de renombre,
Bronce que talla quien ni siquiera conoce,
Hoy crecen niños con mis libros,
Y soy feliz, desde no sé donde.

NUNCA PASIÓN NUNCA

Se rebeló a creer en un Dios,
omnipotente y jactancioso,
y su hoy pagano se arrodilla,
ante una cruz, una equis, una esfera.
Deseó llegar a ser inmortal,
y se tatuó el rostro de Dorian Gray...
hoy gime sus lamentos,
marcando en el fango su desliz.
Se rebeló a creer, creyendo,
bebió de su propia bilis candente,
se arrepintió y gimió, titubeante,
más no hubo ángeles insurgentes.
Se despertó y encontró despojos de Sol
cocinando una aurora pretérita y ausente,
pidió perdón, masculló disculpas,
pero era tarde para creyentes o augures.
Se lamentó por no creer en algún Dios,
se lamentó por deambular en solitario,
solo y cansado se entumeció, masticando gusanos,
en sombra peñasco, cima hosca de montaña.

Selección de Nueve poemas de Gustavo M. Galliano enviado a Aurora Boreal® por Gustavo M. Galliano. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Gustavo M. Galliano. Foto Gustavo M. Galliano © Virginia P. Galliano.



Gustavo M. Galliano, poeta, narrador y docente universitario. (Argentina). Tiene un libro de relatos breves  La cita y en preparación un nuevo libro de narrativa (Un dragón en el acuario) y un poemario (Ocultos tras la bruma). Ha participado en numerosas antologías literarias internacionales y publicado en revistas literarias alrededor del mundo. Colabora con diversas revistas de literatura y arte en Argentina, Canadá, España y USA. Es miembro fundador de Naciones Unidas de las Letras (UNILETRAS), de Unión de Escritores Hispanoamericanos (UHE), de Red de Escritores en Español (REMES) y de Poetas del Mundo.

 

http://www.auroraboreal.net

martes, 10 de abril de 2012

GUSTAVO GALLIANO, rosarino por adopción. Poeta, narrador, docente e investigador universitario.

“LA CASA DE MI VIDA”

Elena, la joven empleada inmobiliaria, atractiva y curvilínea tan dulce como su sonrisa, -aunque aquellas curvas fueran más sugerentes y sumamente más peligrosas que su sonrisa, indudablemente más turbantes- me recibió cordialmente en el portal, haciendo uso de un verborrágico monólogo finamente estudiado en cada detalle, para indicarme finalmente que le acompañara en el ingreso a la casa.

Era la encargada de mostrarme la bellísima mansión, que se alzaba en pleno Boulevard Carmesí, una magnífica mole de mármoles y finas maderas, caobas, robles; adornos imponentes de cristal, bronce, plata y oro, escaleras con barandales macizos, cuadros y pinturas de exquisitos autores. Y su mejor sonrisa para ocultarme las pocas bondades que los años se atrevieron a robarle a aquel inmueble impresionante.

Pero mi ojo clínico, mi sagaz perspicacia, mi delicada intuición, ya habían dictaminado, apenas cruzado el umbral, apenas traspasado el dintel, que aquella era “la casa”. La residencia donde acabaría mis días. Lo sentenció la fragancia a jazmines proveniente de los jardines, la luz pura que penetraba los ventanales. Adoré la fachada de ladrillos antiguos, la firmeza energizante de sus cimientos, la fuerza rojiza de sus tejas. Desde la amplitud del living y la comodidad extensa de los dormitorios, hasta los marmóreos baños de griferías en oro. Desde el hogar rústico de acogedores leños ardientes hasta la sobria biblioteca repleta de libros nunca leídos. Desde la increíble cocina, hasta le inexistencia de un sótano que detesté desde niño.

Una pena que Elena resultare tan eficiente en su trabajo. No cesaba de hablar y hablar sobre las bondades de la casa.

Una hermosa mujer no debería hablar constantemente, pues abrumando se desmerece. Un buen vendedor debería aprender que en ciertas oportunidades debe aprender a callar. A mirar a los ojos. Como cuando un sommelier se toma unos instantes y cierra sus ojos para dejar descansar el buen vino en su paladar, antes de dar el veredicto. Pero Elena era una máquina posmoderna preparada para avasallar, no dejar pensar. De la terrible escuela sacrílega del “confunde con tus palabras, al extremo que no piensen, utiliza el engaño para que no vean defectos, luego será tarde, cierra el negocio, cobra tu comisión y vé por otro cliente, tiempo y vida convergen finitos. Mañana vivirás”. ¡Vaya si conozco sobre esto!

Respiré hondo, antes de suplicarle, cortésmente y mirándole a los ojos: -“Cállate, por favor”- Ella titubeo, confundida. -“Esta es la casa, entiendes Elena. Es la mejor, y tú eres la mejor. La he escogido entre cientos. Despreocúpate. Tan solo necesito unos minutos a solas, en la terraza del ala Norte, si puede tu enérgica verba otorgármelo, luego estaré a tu plena disposición, dalo por hecho. He escogido esta casa. Aquí viviré hasta el último de mis días. Lo juro. El precio no será obstáculo alguno”-.

La joven sonrió, en una mezcla de ambición, codicia, perversión y satisfacción. Seguramente resultaba la venta más rápida y sencilla que había logrado en su corta carrera. Un antecedente meritorio rumbo a una carrera brillante. “El cliente perfecto”, pensó casi en voz alta. Aunque también eso llegó a molestarle un poco: necesitaba demostrar todas sus habilidades; había resultado demasiado fácil, y no era una mujer que gustara de lo fácil, necesitaba retos que movilizaran la adrenalina de su cuerpo. De todos modos, el resultado era el mismo: dinero y buen concepto, lo cual calmo su ánimo.

Me indicó con una sonrisa casi distraída la dirección del pasillo hacia la terraza, y me explicó que estaría en la biblioteca preparando los documentos pertinentes, para la firma. Le respondí que me parecía correcto, siempre que respetara mi cuarto de hora de intimidad en la terraza del ala Norte. Accedió con un gentil gesto, fingiendo una sobriedad que ahogaba la total euforia del triunfo.

Una vez instalado en la terraza, me dejé caer en un cómodo sillón de esterillas, ubicado allí, no casualmente. Observé los picos nevados de la majestuosa Montaña Clamor, sobre mi diestra. Como contraste, a mi siniestra, las luces insinuantes del atardecer próximo a devorar Ciudad Santa Fe.

Respiré relajado, imaginando a Elena, habitante de un cuerpo tan hermoso, capaz de generar tanta pasión, y sin embargo convertido en un frasco de codicia, completando formularios a ultra velocidad. Encendí un cigarro con la última lumbre que me quedaba. Siempre fui bueno para no desaprovechar últimas oportunidades. –“Esto sí resulta majestuoso, y es todo mío”- pensé. –“Tal como lo imagine”- Exhalé una intensa bocanada, una nube maciza y condensada de nicotina y recuerdos.

Hurgué en el interior de mi abrigo, comenzaba a castigar la brisa. Saqué la pistola. El marco era perfecto, como una pintura a la que solo le falta el pincelazo final. Lamentaba que Elena tuviera que ser quien pusiera el broche final, hacerse cargo, ella, tan plena de belleza y superficialidad, pero no podía hacerme cargo yo por ella. Debemos optar. Sacrificios. Tantos años me llevó encontrar la casa de mi vida. Donde pasar hasta el último de mis días. La boca de acero me beso la sien. Y la piel se erizo ante el frío del incipiente invierno que la convertía en más frío aún, pero sólo por un instante. La visión era maravillosa, la naturaleza posee tanta belleza que solemos obviar sólo por distraídos. Quizás por ser tan imperfectos como humanos que no recalamos en la perfección que nos rodea, quizás por encerrarnos en nuestras cápsulas de dolor, por dedicarnos a atormentar nuestras almas en lugar de cuidarlas, quizás por aferrarnos, costumbristas, a las penas hasta que la carga se torna insoportable, antes que escoger la libertad.

Luego creí escuchar la voz de Elena reclamándome y decidí apresurarme. Una obra de arte no debe desperdiciarse. Aquél paisaje, aquella terraza, la comodidad del sillón, la musicalidad de la brisa, el pico nevado en el celeste de Montaña Clamor, las amarillentas luces relucientes de Ciudad Santa Fe. La casa perfecta, para el partir adecuado. No sirve ya repensar las causas, demasiado frío afuera y adentro, no comprenderían. No se comprende jamás el dolor ajeno. No por incapacidad, solo por genuino desinterés espontáneo.

Toda la firmeza que no tuvo mi alma hasta entonces, se concentró en mi diestra. La mano responde al cerebro y al corazón, supongo. Porque los ojos se llenan de lágrimas, que pueden ser producto de penas, recuerdos, o del viento frío que azota ya incesante la terraza del ala Norte.

–“Vamos, ya es hora. Es la casa de tu vida, aquí soñaste siempre que fuese el fin”-, me dije en voz alta, para insuflarme esa fuerza que comenzaba a flaquear.

A la distancia, la nieve de las montañas comenzaba a vestirse de un ostentoso manto azul. Las luces de Ciudad Santa Fe ya presumían su expansivo color naranja flúo, casi prepotente. Desde la biblioteca la voz de Elena llegaba lejana pero clara: -“Apúrese, ya anochece, debemos regresar”-. Pero no había regreso, ya no. La detonación fue única y retumbó en cada rincón de la magnífica mansión. La joven dudó unos instantes antes de correr hacia la terraza.

Al llegar al Ala Norte supo que era más tarde de lo tarde que había presumido. Más allá de la terraza todavía el eco del disparo aún escapaba y se escondía entre montañas y luces que fulguraban distraídas. Mi cuerpo estaba tendido en el cómodo sillón de esterillas, ella no atino a acercarse. Tampoco a pronunciar palabras. Su verba parecía haberse agotado inexplicablemente.

Mientras la nieve comenzaba a dislocarse en suaves y ligeros copos, un hilo purpúreo descendía por mi hombro y mi brazo izquierdo, apoyado en el piso de mármol, e iba dando paso a una mancha que se expandía conformando una extraña figura. Figura de contornos extraños, formada por sangre casi tibia. Tibia de apasionados recuerdos, fría de vida y mutiladas esperanzas. Demasiado fría por inmensas desilusiones. Sacrificios.

Anochecía, y el reflejo inexpresivo de la oscuridad trataba de cubrir con un manto de piedad el piso de Mármol de Carrara, de la Terraza en el Ala Norte de la bellísima Mansión ubicada en el Boulevard Carmesí, de Ciudad Santa Fe, cercana a Montaña Clamor.-

Este cuento obtuvo el PREMIO NACIONAL “EL QUIJOTE DE PLATA XXXIII” EN GÉNERO CUENTO. AÑO 2.010 - Organizado anualmente la Asociación Arte y Cultura de San Lorenzo y auspiciado por la Municipalidad de San Lorenzo y la Honorable Cámara de Senadores de la Provincia de Santa Fe (Argentina).

Breve Biografía de: Gustavo Marcelo GALLIANO.

Escritor, poeta, gestor cultural. Reside en Rosario, Santa Fe, República Argentina.
Se desempeña como Corresponsal Especial de la revista internacional de Arte y Literatura Cañ@santa (Toronto, Canadá) y Columnista Literario de cultura y arte en RMC (Florida, USA). Asimismo, es colaborador habitual en importantes publicaciones literarias de España, USA, México, etc.
Integra la Red de Escritores en Español (REMES), Poetas de Mundo, y la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores Argentinos (SEA - Filial Rosario).
Sus escritos han sido seleccionados y publicados en prestigiosas revistas y antologías literarias internacionales, traduciéndose al inglés, italiano, francés, búlgaro, rumano y portugués.
LA CITA (Ed. Aries, Bs. As., Argentina, 2008/9), su primer libro de narrativa breve, ha obtenido excelentes críticas por parte de escritores como de los lectores en general; mientras tanto, está trabajando en culminación de su poemario Ocultos tras la bruma, y de su libro de narrativa breve Un Dragón en el Acuario.-



domingo, 12 de septiembre de 2010

"La casa de mi vida", que obtuvo el PRIMER PREMIO CUENTO “EL QUIJOTE DE PLATA XXXIII”





Por Gustavo M. Galliano

Elena, la joven empleada inmobiliaria, atractiva y curvilínea tan dulce como su sonrisa, -aunque aquellas curvas fueran más sugerentes y sumamente más peligrosas que su sonrisa, indudablemente más turbantes- me recibió cordialmente en el portal, haciendo uso de un verborrágico monólogo finamente estudiado en cada detalle, para indicarme finalmente que le acompañara en el ingreso a la casa.

Era la encargada de mostrarme la bellísima mansión, que se alzaba en pleno Boulevard Carmesí, una magnífica mole de mármoles y finas maderas, caobas, robles; adornos imponentes de cristal, bronce, plata y oro, escaleras con barandales macizos, cuadros y pinturas de exquisitos autores. Y su mejor sonrisa para ocultarme las pocas bondades que los años se atrevieron a robarle a aquel inmueble impresionante.

Pero mi ojo clínico, mi sagaz perspicacia, mi delicada intuición, ya habían dictaminado, apenas cruzado el umbral, apenas traspasado el dintel, que aquella era “la casa”. La residencia donde acabaría mis días. Lo sentenció la fragancia a jazmines proveniente de los jardines, la luz pura que penetraba los ventanales. Adoré la fachada de ladrillos antiguos, la firmeza energizante de sus cimientos, la fuerza rojiza de sus tejas. Desde la amplitud del living y la comodidad extensa de los dormitorios, hasta los marmóreos baños de griferías en oro. Desde el hogar rústico de acogedores leños ardientes hasta la sobria biblioteca repleta de libros nunca leídos. Desde la increíble cocina, hasta le inexistencia de un sótano que detesté desde niño.

Una pena que Elena resultare tan eficiente en su trabajo. No cesaba de hablar y hablar sobre las bondades de la casa.

Una hermosa mujer no debería hablar constantemente, pues abrumando se desmerece. Un buen vendedor debería aprender que en ciertas oportunidades debe aprender a callar. A mirar a los ojos. Como cuando un sommelier se toma unos instantes y cierra sus ojos para dejar descansar el buen vino en su paladar, antes de dar el veredicto. Pero Elena era una máquina posmoderna preparada para avasallar, no dejar pensar. De la terrible escuela sacrílega del “confunde con tus palabras, al extremo que no piensen, utiliza el engaño para que no vean defectos, luego será tarde, cierra el negocio, cobra tu comisión y vé por otro cliente, tiempo y vida convergen finitos. Mañana vivirás”. ¡Vaya si conozco sobre esto!

Respiré hondo, antes de suplicarle, cortésmente y mirándole a los ojos: -“Cállate, por favor”- Ella titubeo, confundida. -“Esta es la casa, entiendes Elena. Es la mejor, y tú eres la mejor. La he escogido entre cientos. Despreocúpate. Tan solo necesito unos minutos a solas, en la terraza del ala Norte, si puede tu enérgica verba otorgármelo, luego estaré a tu plena disposición, dalo por hecho. He escogido esta casa. Aquí viviré hasta el último de mis días. Lo juro. El precio no será obstáculo alguno”-.

La joven sonrió, en una mezcla de ambición, codicia, perversión y satisfacción. Seguramente resultaba la venta más rápida y sencilla que había logrado en su corta carrera. Un antecedente meritorio rumbo a una carrera brillante. “El cliente perfecto”, pensó casi en voz alta. Aunque también eso llegó a molestarle un poco: necesitaba demostrar todas sus habilidades; había resultado demasiado fácil, y no era una mujer que gustara de lo fácil, necesitaba retos que movilizaran la adrenalina de su cuerpo. De todos modos, el resultado era el mismo: dinero y buen concepto, lo cual calmo su ánimo.

Me indicó con una sonrisa casi distraída la dirección del pasillo hacia la terraza, y me explicó que estaría en la biblioteca preparando los documentos pertinentes, para la firma. Le respondí que me parecía correcto, siempre que respetara mi cuarto de hora de intimidad en la terraza del ala Norte. Accedió con un gentil gesto, fingiendo una sobriedad que ahogaba la total euforia del triunfo.

Una vez instalado en la terraza, me dejé caer en un cómodo sillón de esterillas, ubicado allí, no casualmente. Observé los picos nevados de la majestuosa Montaña Clamor, sobre mi diestra. Como contraste, a mi siniestra, las luces insinuantes del atardecer próximo a devorar Ciudad Santa Fe.

Respiré relajado, imaginando a Elena, habitante de un cuerpo tan hermoso, capaz de generar tanta pasión, y sin embargo convertido en un frasco de codicia, completando formularios a ultra velocidad. Encendí un cigarro con la última lumbre que me quedaba. Siempre fui bueno para no desaprovechar últimas oportunidades. –“Esto sí resulta majestuoso, y es todo mío”- pensé. –“Tal como lo imagine”- Exhalé una intensa bocanada, una nube maciza y condensada de nicotina y recuerdos.

Hurgué en el interior de mi abrigo, comenzaba a castigar la brisa. Saqué la pistola. El marco era perfecto, como una pintura a la que solo le falta el pincelazo final. Lamentaba que Elena tuviera que ser quien pusiera el broche final, hacerse cargo, ella, tan plena de belleza y superficialidad, pero no podía hacerme cargo yo por ella. Debemos optar. Sacrificios. Tantos años me llevó encontrar la casa de mi vida. Donde pasar hasta el último de mis días. La boca de acero me beso la sien. Y la piel se erizo ante el frío del incipiente invierno que la convertía en más frío aún, pero sólo por un instante. La visión era maravillosa, la naturaleza posee tanta belleza que solemos obviar sólo por distraídos. Quizás por ser tan imperfectos como humanos que no recalamos en la perfección que nos rodea, quizás por encerrarnos en nuestras cápsulas de dolor, por dedicarnos a atormentar nuestras almas en lugar de cuidarlas, quizás por aferrarnos, costumbristas, a las penas hasta que la carga se torna insoportable, antes que escoger la libertad.

Luego creí escuchar la voz de Elena reclamándome y decidí apresurarme. Una obra de arte no debe desperdiciarse. Aquél paisaje, aquella terraza, la comodidad del sillón, la musicalidad de la brisa, el pico nevado en el celeste de Montaña Clamor, las amarillentas luces relucientes de Ciudad Santa Fe. La casa perfecta, para el partir adecuado. No sirve ya repensar las causas, demasiado frío afuera y adentro, no comprenderían. No se comprende jamás el dolor ajeno. No por incapacidad, solo por genuino desinterés espontáneo.

Toda la firmeza que no tuvo mi alma hasta entonces, se concentró en mi diestra. La mano responde al cerebro y al corazón, supongo. Porque los ojos se llenan de lágrimas, que pueden ser producto de penas, recuerdos, o del viento frío que azota ya incesante la terraza del ala Norte.

–“Vamos, ya es hora. Es la casa de tu vida, aquí soñaste siempre que fuese el fin”-, me dije en voz alta, para insuflarme esa fuerza que comenzaba a flaquear.

A la distancia, la nieve de las montañas comenzaba a vestirse de un ostentoso manto azul. Las luces de Ciudad Santa Fe ya presumían su expansivo color naranja flúo, casi prepotente. Desde la biblioteca la voz de Elena llegaba lejana pero clara: -“Apúrese, ya anochece, debemos regresar”-. Pero no había regreso, ya no. La detonación fue única y retumbó en cada rincón de la magnífica mansión. La joven dudó unos instantes antes de correr hacia la terraza.

Al llegar al Ala Norte supo que era más tarde de lo tarde que había presumido. Más allá de la terraza todavía el eco del disparo aún escapaba y se escondía entre montañas y luces que fulguraban distraídas. Mi cuerpo estaba tendido en el cómodo sillón de esterillas, ella no atino a acercarse. Tampoco a pronunciar palabras. Su verba parecía haberse agotado inexplicablemente.

Mientras la nieve comenzaba a dislocarse en suaves y ligeros copos, un hilo purpúreo descendía por mi hombro y mi brazo izquierdo, apoyado en el piso de mármol, e iba dando paso a una mancha que se expandía conformando una extraña figura. Figura de contornos extraños, formada por sangre casi tibia. Tibia de apasionados recuerdos, fría de vida y mutiladas esperanzas. Demasiado fría por inmensas desilusiones. Sacrificios.

Anochecía, y el reflejo inexpresivo de la oscuridad trataba de cubrir con un manto de piedad el piso de Mármol de Carrara, de la Terraza en el Ala Norte de la bellísima Mansión ubicada en el Boulevard Carmesí, de Ciudad Santa Fe, cercana a Montaña Clamor.-



Por su obra “La casa de mi vida” (Cuento Breve), el autor obtuvo por unanimidad el primer premio en esta versión XXXIII, del año 2010. San Lorenzo, Santa Fe, República Argentina.



fuente: Premio Nacional “El Quijote de Plata XXXIII” en género cuento.
Recibido de :Alexia Marcinyuk

"El escritor argentino Gustavo M. Galliano nos ha remitido
la actualización Septiembre 2010, de su columna
Cultura y Arte, en el portal de Rossana Azuero (Florida, USA)."

Nota del EDITOR,

Felicito al autor por el Premio Obtenido y le deseo siga cosechando premios y
aplausos. Las columnas de este Blog están a su disposición para difundir sus
creaciones.

Lic. Jose Pivín
frente al puerto de Haifa
frente al mar Mediterráneo.
\


martes, 17 de agosto de 2010

PREMIO Nacional "El Quijote de Plata XXXIII"




En el Concurso Nacional de Poesía y Cuento "EL QUIJOTE DE PLATA XXXIII"
que organiza anualmente la Asociación Arte y Cultura de
San Lorenzo y que este año fuera auspiciado por la
Municipalidad de San Lorenzo y la Honorable
Cámara de Senadores de nuestra provincia se ha
expedido el jurado que intervino en el certamen.
El acto de entrega de premios se llevó a cabo el
sábado 7 de agosto a las 20 horas en la sala del
Teatro de la ciudad "Aldo Braga", con entrada libre
y gratuita.
La nómina de los ciudadanos mencionados y los
escritores y poetas premiados son los que figuran a
continuación.

JURADO INTERVINIENTE EN EL CONCURSO.
- Prof. Escritora y Poeta: MARIA VILALTA.
- Periodista y Escritor: NESTOR VENTURA.
- Prof., Escritora y Poeta: ELDA FORCATTO

• PRIMER PREMIO CUENTO "EL QUIJOTE DE PLATA XXXIII"
Gustavo M. GALLIANO. Rosario (Pcia. de Santa Fe): "La Casa de Mi Vida".


• PRIMER PREMIO POESIA "EL QUIJOTE DE PLATA XXXIII":
Guillermo Santos LEDRI. Gualeguaychú. (Pcia. de Entre Ríos): "El silencio".



El Acto de entrega de premios se realizó el sábado 7 de agosto, a las 20 Hs., en la Sala "Aldo BRAGA" del Teatro de la Ciudad.
Entrega de diplomas "MENCION DE HONOR" a personas destacadas por su trayectoria:

Alfredo Deniz, Raquel Curioni, Gladys Choque, Isabel Veron de Prado, Amigos de la Costa, Dante Gennaro, Vilma Besedniak, Felipe Albornoz, Dr. Eduardo Raggio, Ariel Pasquín, Mario Besednaik, Marcelo Duval, Daniel Petinatti, RRPP. José Ceschi, Juan Carlos Balutto, Etelvina Murgiondo.

Presentación del libro "Alma mía" de Elida Méndez a cargo de la escritora Elda Forcatto.


Intervención musical grupo "MELODINA".

• Entrega de MENCIONES a poetas de San Lorenzo: Sandra Adriana Carrara. "Tres naranjos".Celia Trobbiani. "Niña de Malí".•


Entrega de MENCION DE HONOR al mejor poeta
seleccionado de San Lorenzo. María Eugenia Moreno. "Creo".

• Entrega de Menciones a poetas del país:
Adriana E. Dellorefiche. Villa Gobernador Gálvez. (Pcia.de Santa Fe). "Nada es
definitivo".Tomás José Rivas. Cañuelas. (Pcia. de Buenos Aires). "Asomo a la historia".Jorge Muñoz. San Genaro. (Pcia. de Santa Fe). "El espejo". Norma Gladys Santoni. Villa Carlos Paz. (Pcia. de Córdoba). "Misterios". Juan Manuel Alfonsi. Mar del Plata. (Pcia. de Buenos Aires).
"Asombro".Eulalia Lucía Ambor. Timbúes. (Pcia. de Santa Fe). "Pena Marina".

Rodolfo Oscar Ap Iwan. Trelew (Pcia. de Chubut). "Madre" • Entrega de Mención de Honor apoetas del país: Patricia Alejandra Cheifeldin. Capitán
Bermúdez. (Pcia. de Santa Fe). "El sauce"

• Entrega de menciones a narradores de San Lorenzo.

Daniel Antonio Soto. "Revelación histórica para seres superiores". Miguel Angel Muné. "El pulgoso". María Eugenia Moreno. "Hora cero."Iván Andrés Turchetti. "Vida fugaz". Rubén Ramón Centeno. "Amalgama".

• Entrega de MENCIÓN DE HONOR al mejor narrador de San Lorenzo.
Celia Trobbiani. "Ustedes, yo y ustedes".


• Entrega de Menciones a narradores del país.
Daniel Alberto Castrillo. Leones. (Pcia.de Córdoba). "Ellos". Ana María Junyent. Trelew. (Pcia.de Chubut). "No me abandones Eolo". Patricia Alejandra Cheifeldin. Capitán Bermúdez. (Pcia.de Santa Fe). "El otro cuento de caperucita roja". Juan Carlos Viale. Cañuelas (Pcia. de Buenos Aires). "Todavía estoy a tiempo...". Alicia Adriana Maiolino. Rosario. (Pcia.de Santa
Fe). "La casona de don Francisco". Alberto Mario Martinena, Venado Tuerto. (Pcia. de Santa Fe). ¿Por quién pregunto? Manuel Vilchez. Mar del Plata. (Pcia. de BuenosAires). "Sueño sin nombre". Edgardo Tranchet. Villa Carlos Paz. (Pcia. de Córdoba). "Cuando cierro los ojos".

• Entrega de Mención de Honor Nacional al mejor narrador del país.

Carlos Alberto Martíni. Villa Allende. (Pcia. de Córdoba). "El espejo oval".

1 San Lorenzo, Santa Fe, República Argentina. 07 de Agosto de 2010.


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