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viernes, 13 de marzo de 2015

JORGE LUIS BORGES: Nuestro deber es la verosímil esperanza


Yo descreí de la democracia durante mucho tiempo pero el pueblo argentino se ha encargado de demostrarme que estaba equivocado. En 1976, cuando los militares dieron el golpe de Estado, yo pensé: al fin vamos a tener un Gobierno de caballeros. Pero ellos mismos me hicieron cambiar de opinión aunque tarde en tener noticias de los desaparecidos, los crímenes y las atrocidades que cometieron. Un día vinieron a mi casa las madres de Plaza de Mayo a contarme lo que pasaba. Hace poco estuve en el juicio y conocí al fiscal, allí recordé la frase de Almafuerte: "sólo pide justicia, pero será mejor que no pidas nada". Todo esto es muy triste y habría que tratar de olvidarlo. El olvido también es una forma de venganza. Fue un periodo diabólico y hay que tratar de que pertenezca al pasado. Sin embargo, por todo lo que ocurre ahora pienso que hay mucha gente que siente nostalgia por ese pasado. Claro que a mi me resulta fácil decir que debemos olvidar, probablemente si tuviera hijos y hubieran sido secuestrados no pensaría así.

Yo fui comunista, socialista, conservador y ahora soy anarquista. Es decir, yo en el año dieciocho creí en la revolución rusa. Ahora veo que ese es un modo de llegar al imperialismo. Me observo y me veo como a un hombre que cree estar enamorado de una mujer y luego comprueba que ya no lo está. Eso no ha sido una decisión mía. Ha sido algo que me fue revelado. He comprobado eso en mi. Ahora yo querría que hubiera un sólo Estado, que desaparecieran las diversas naciones, pero sé que no estamos maduros para eso. Hay, en este país, algunas circunstancias favorables que se han dado aquí y no en otras repúblicas del continente. Desearía preguntarme por qué no han sido aprovechadas. Tenemos una fuerte clase media, también es ventajosa la inmigración de muchos países. Creo que el nacionalismo es nuestro mal mayor. No considero a Latinoamérica como núcleo generador de nada y no creo que exista nadie que se considere latinoamericano y sienta eso como algo diferenciador. Ser de un país es una actitud de fe. Yo nunca pienso que soy mexicano. ¿Por qué habría de pensarlo, si en realidad soy argentino? Pero nosotros, los argentinos, insistimos en un nacionalismo y en un latinoamericanismo que es absurdo. Hay pocos países que tengan más próceres y aniversarios que el nuestro.

Por suerte no es tan excesiva la carga de pasado. Nietzsche quería que hubiera buenos europeos y quizá nosotros, los americanos, podemos serlo. Desde luego estoy seguro que no somos aborígenes. De la violencia actual tienen la culpa las dos grandes guerras europeas. De lo contrario, Europa podría mantener la hegemonía del mundo. Ahora estamos entre dos países que fomentan la violencia, Estados Unidos y la Unión Soviética.

Soy un hombre que se sabe incapaz de ofrecer sus soluciones, pero creo poder aceptar las de otros. No entiendo de política, mi vida personal no ha sido otra cosa que una serie de errores. Pero estoy condenado a ello. He tratado de ser un hombre ético, aunque quizá sea imposible serlo en esta sociedad en la que nos ha tocado vivir, ya que todos somos cómplices o víctimas, o ambas cosas. Sin embargo, creo en la ética. La ética puede salvarnos personalmente y colectivamente también. Yo, como usted, seguramente, estoy en un estado de resignada desesperación. No veo solución a los problemas que nos aquejan. Y no me refiero sólo a nuestro país, porque lo que aquí sucede es, sin duda, menos importante que lo que ocurre en el mundo entero. Creo que Spengler tenía razón cuando habló de la declinación de Occidente. Esa declinación es general.

Recuerdo que yo estaba en Madison, Wisconsin, hace dos años. Era la noche de Halloween, de las brujas y todos iban disfrazados o con máscaras a la fiesta. Yo estaba invitado a una y me compré una cabeza de lobo que tenía un olor horrible. Entré a la reunión aullando y gritando: homo homini lupus, el hombre es el lobo del hombre. En ese momento siento un tirón en el brazo: era un argentino que me decía "ha ganado Alfonsín". Se había producido el doble milagro, el de ese triunfo y el de que yo me disfrazara. Me sentí muy bien entonces porque habíamos salido de una pesadilla y la confianza de todos era lo que podía salvarnos. Ahora nuestro deber es la esperanza, la probable, la verosímil esperanza.


Jorge Luis Borges


El País, noviembre 3 de 1985.

Palabras de Borges tomadas de una entrevista con Carlos Ares para El País, 3 de noviembre de 1985.

sábado, 6 de abril de 2013

Jorge Bergoglio: insinuaciones, acusaciones, difamaciones o calumnias por Alberto Cassano



Lo más peligroso de las falsedades
ocurre cuando la verdad es tan solo
un poco cambiada. 
G. C. Lichtenberg.


En mis frecuentes escritos en El Litoral nunca he hecho una fervorosa defensa de la jerarquía eclesiástica de la Iglesia Católica. En diversas ocasiones he manifestado abiertamente mi simpatía por los principales ideólogos de la Teología de la Liberación que fue severamente juzgada por el cardenal Ratzinger, ya que faltó muy poco para que durante el papado de Juan Pablo II no fuera condenada sin más miramientos. 


Un gran amigo mío -con quién compartimos nuestro aprecio por Leonardo Boff y Frei Betto, entre otros- ante mis reiteradas quejas por las manifestaciones públicas de muchas autoridades del clero, un día me explicó las razones por las cuales él seguía siendo un devoto católico, activo miembro de la Pastoral Social y otras actividades de similar naturaleza. Con la aclaración de que se trata de un auténtico rosarino (aunque desde hace muchos años vive en Bariloche) recuerdo que me escribió algo así: “mirá, yo soy hincha de Rosario Central y aunque se haya ido y está en la B, fundamentalmente por sus pésimos dirigentes, no he cambiado la pasión por mi club, que es lo que en el fondo me importa. Respecto de la Iglesia, me pasa lo mismo”. Creo que ese día, sin saberlo, me dio una insólita lección de catequesis basada en el sentido común, que puso las cosas en el lugar que debían estar.

Con ese mismo sentimiento, haré hoy un análisis de las críticas que ha recibido el excardenal Bergoglio por parte de un reconocido periodista del diario Página 12.

 Me refiero a Horacio Verbitsky. Vale la pena señalar que en el terreno de plantear sospechas, no ha estado solo, sino que ha sido acompañado con alusiones poco claras por una persona que habitualmente ha sido cautelosa en sus declaraciones públicas. Me refiero a la señora Carlotto, titular de las Abuelas de Plaza de Mayo.
 Pero poco después, ella tuvo manifestaciones más conciliadoras, por cuya razón no me detendré más en su participación.


La pregunta que uno se ve obligado a hacer es la siguiente: ¿Lo que formula el periodista son acusaciones concretas o no pasan de ser insinuaciones derivadas de su interpretación de la información a la que ha tenido acceso? En tal sentido sus embestidas contra el hasta hace poco arzobispo de Buenos Aires no son recientes y ya, en ocasión de un libro que se había publicado sobre el jesuita en el año 2010, había escrito un par de notas en las que le atribuyó haber sido acusado de haber contribuido al encarcelamiento de dos sacerdotes en la ESMA bien al comienzo de la dictadura militar. 


Si el señor Verbitsky se hubiera concretado a formular y documentar una acusación directa de “falta de verdadero y bien definido compromiso de Bergoglio en una lucha frontal, abierta y pública contra las persecuciones, secuestros, apropiación de bebés y muertes ocurridas durante la dictadura del Proceso instaurado en marzo de 1976”, tal vez no estaría escribiendo esta nota. Se aproximaría, aunque sin ninguna necesidad, a la realidad. No tengo dudas que no integra el grupo de héroes que encabezaron Angelelli, de Nevares, Hesayne o Novak. Hasta no sería fácil incluirlo entre los que fueron reconocidos por tener una clara actitud de ayuda a favor de los desaparecidos o sus familiares como Zaspe, Devoto, Marengo, Kemerer o Ponce de León. Aunque más de uno lo haría. 


Lo que en cambio se puede asegurar, y el periodista no tuvo elementos fundados y documentados para opinar en contrario, es que tanto en su función de Provincial de la Compañía de Jesús en la Argentina, como en otros cargos desempeñados (aunque fue nombrado obispo recién en 1992), no colaboró con los militares del Proceso. Mucho menos, que haya formulado denuncias que condujeran a la detención de personas. Y está documentado en el juicio conducido por el Tribunal Oral Criminal Federal No. 5 en la causa ESMA, con una objeción no aceptada presentada por la acusación, que al menos en una ocasión, en octubre de 1976, se jugó seriamente para lograr la libertad de los sacerdotes Yorio y Jalics.


Todo el resto es materia de especulación, suposiciones e interpretaciones que permiten que Verbitsky escriba artículos de denuncia como lo ha hecho en repetidas ocasiones, así como opinar de una manera bastante diferente a como lo voy a hacer yo ahora. Esto puede incluir una supuesta adulteración de un acta de una reunión de tres miembros de la jeraquía con la Junta Militar en los primeros años de Proceso, en la que habrían manifestado su apoyo al golpe como un medio de combatir al marxismo. En este caso, me permito dudar del contenido que se menciona, por cuanto relata que de esa reunión de adhesión habría participado monseñor Zaspe. Y eso me cuesta mucho más creerlo.


De igual forma son todas las citas a escritos y declaraciones tanto de Yorio como de Jalics. En concreto me detendré en uno de ellos. Y para mí la cuestión radica en el significado de las últimas declaraciones del segundo cuando habla de una reunión en la que se produjo una reconciliación entre él y Bergoglio, después de la cual rezaron una misa juntos. 

¿Qué significa “reconciliación”? Es muy posible que para el periodista denote que Bergoglio le pidió perdón por sus “traiciones” y, de acuerdo a la doctrina, el padre Jalics haya procedido a aceptar el pedido y ambos quedaran con una relación pacífica y reconstruida. Yo puedo interpretar que pudo haber ocurrido todo lo contrario, y también hay elementos para pensar de esa forma, en especial las opiniones de Alicia Oliveira, abogada del CELS. Se puede pensar que en realidad, en el momento en que el cura escribió su libro en 1994, haya estado muy molesto y alterado, con restos de gran animosidad resultante de la poco amigable controversia mantenida, porque desde la Compañía de Jesús y sobre la base de instrucciones recibidas de su superior (el jesuita Arrupe, residente en Roma) el Provincial en la Argentina, que en ese momento era Bergoglio, los había puesto en la disyuntiva de abandonar sus tareas en las villas o renunciar la Compañía de Jesús. Y como consecuencia de ello, hasta por falta de buena información, haya deformado parcial o totalmente la verdad y más tarde reconocido su error (como ya lo ha hecho). Pero lo más importante, es que se asegura que los que forzaban esta definición, lo hacían para salvarlos de lo que estaban avisados que iba a comenzar y que se transformaría en una brutal casa de brujas.


En resumen, en la mayoría de los casos son interpretaciones de situaciones que podrían ser tomadas de una u otra forma. Sobre todo porque toda la documentación que se afirma que existió y que podría develar las dudas, fue destruida por el propio padre Jalics. 


Y he dejado de lado ex profeso la discusión acerca de las actividades u opiniones formuladas en el pasado por el actual pontífice acerca del accionar de los curas en las villas. Por un lado, está la grabación de un video mostrado por Verbitsky del año 2005, en el que Pérez Esquivel dice que para Bergoglio muchos de los que practican este tipo de tareas le estarían haciendo un favor a la penetración del comunismo. Aun en el caso de que esta afirmación fuera cierta, no contradice en absoluto lo afirmado recientemente por la misma persona, acerca de desvincularlo rotundamente de cualquier colaboración con la dictadura militar. Son dos cosas diferentes y a lo sumo estarían mostrando que más tarde, el arzobispo de Buenos Aires cambió de opinión y tuvo una actividad muy destacada y reconocida en procurar llegar a esos mismos lugares con la voz del Evangelio. De no ser así, sería inexplicable que, justo en estos momentos, una persona que no puede ser acusada de clerical como la señora Bonafini, haya manifestado su simpatía por el Papa Francisco al conocer su actuación a favor de los pobres de las villas. 


En resumen, y limitado por las razones lógicas de espacio, cabe la pregunta: ¿Lo que hay contra Bergoglio, hoy Francisco, son insinuaciones de hechos que podrían haber ocurrido, acusaciones en firme de acciones sobre las que habrían desaparecido pruebas concretas y confiables, o se trata difamaciones y calumnias?


En lo personal estoy convencido de tres cosas: primero, que en ningún caso se lo puede acusar de complicidad con la dictadura de esos horribles años; segundo, que desde hace muchos años, ha sido con seguridad un claro defensor del accionar de los curas villeros y de la necesidad de que la Iglesia Católica sea más humilde y tenga por principal preocupación terrena, una vida mejor para los pobres; y tercero, que a pesar de que podría haber varios testimonios que lo favorecen, en el período 1976-1983, Bergoglio no fue uno de los insignes adalides de la defensa de los derechos humanos (como tampoco se le podría haber obligado a serlo). ¿Podría haber tenido en esto un currículo mejor? Tal vez. Como también es cierto que si hubiera procedido de otra forma, hoy podría haber estado “accidentalmente” muerto. 

' 'Desde hace muchos años, 
ha sido un claro defensor 
del accionar de los curas 
villeros y de la necesidad 
de que la Iglesia Católica 
sea más humilde y tenga
por principal preocupación 
terrena, una vida mejor
para los pobres

fuente: DIARIO 'EL LITORAL'
SANTA E, 5 DE Abril 2013 

viernes, 25 de marzo de 2011

ARGENTINA, 24 DE MARZO: "El feriado"

El feriado



Por Sandra Russo


El feriado del 24 de marzo, en su momento, fue un tema debatido. No en los términos en los que estamos acostumbrados ahora a discutir las cosas, pero en 2006, cuando Kirchner envió ese proyecto al Congreso, se insinuaba todavía que los feriados eran contraproducentes porque este país necesitaba trabajar. Era absolutamente cierto, pero todavía no era visible, porque el ciclo recién empezaba, que este país iba hacia un modelo en el que los feriados iban a incluir también a trabajadores tomándose unos días y a la industria turística pimpante. En perspectiva, haber convertido este día en feriado fue un verosímil del modelo que se insinuaba pero embrionariamente, y un hito en la batalla cultural que hoy es explícita.

En este primer feriado del 24 sin Néstor Kirchner me vino a la cabeza una conversación que tuve en esos días con un compañero de este diario. Yo había estado de acuerdo con el feriado casi automáticamente, sin razonarlo ni medirlo ni sopesarlo. Aquel compañero, que había estado exiliado, me dijo “a partir de ahora, gobierne quien gobierne, ese día se cuenta la verdad”. Me lo dijo con asombro y casi como una deducción. Era la época en la que muchos militantes de derechos humanos sin vínculos con el peronismo empezaban a admitir que no había diferencia alguna entre las políticas de Estado que habían reclamado siempre y las que Kirchner hacía suyas.

Ese era el sentido del feriado, su inercia fuerte, su textura. Que a partir de entonces, gobernara quien gobernara este país, el feriado indicara un sentido. El sentido era el de las víctimas del genocidio. Para ese entonces, ya no había dos demonios ni guerra sucia ni defensa del ser nacional ni la salvación de la patria de individuos con ideas foráneas que venían a destruir el modo de vida argentino, y todos esos otros eufemismos que nos habían acompañado, como sonido ambiente, desde 1976. La Justicia había hablado de genocidio y eso se sellaba con un feriado y la institución del Día por la Memoria de la Verdad y la Justicia.

El sentido de este feriado fue y es, en consecuencia, anclar en nuestra idiosincrasia un grado de verdad que no fue declamativo ni cosmético, sino que fue acompañado de políticas que elevan los derechos humanos por sobre cualquier discusión ideológica. Sobre ideología se puede discutir todo. Sobre la masacre, sobre los secuestros, sobre las desapariciones, sobre el robo de bebés, sobre los cuerpos tirados al río, sobre los campos clandestinos, sobre esa monstruosa capa de sombra y muerte que implicó el golpe del 24 de marzo de 1976, ya no se puede decir nada. “Ya no tiene vuelta atrás”, dijo hace poco el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti. El feriado recogió evidencia jurídica e histórica, y la puso en contacto con las vidas reales de millones de ciudadanos argentinos: es la Nación la que admite el lamento por aquel día.

Siempre hubo y habrá actos organizados por los organismos de derechos humanos, siempre hubo y habrá plazas para recordar a las víctimas. Pero el feriado institucionalizó ese dolor. De alguna manera, cerró una discusión, marcó un fin de época y le dio carácter al ciclo nuevo. Desde escasos nichos recalcitrantes de la derecha siguen diciendo hasta hoy que este período es el de “la revancha” de los que “perdieron la guerra sucia”. Hemos leído esos argumentos hace muy poco, cuando tanto el gobierno porteño como el arzobispo de La Plata plantearon objeciones ante cuestiones curriculares que hablan del golpe del 24 de marzo.

Dicen que son “gramscianas”, sin aclarar qué de Gramsci está mal. Pero lo que hoy está muy claro es que esas objeciones son evidentemente ideológicas, y lo que dice el feriado va más allá de cualquier ideología. No se debe interrumpir el orden constitucional. No se debe matar. Si nos circunscribimos a esas dos oraciones, ¿quién y por qué motivo puede oponerse? ¿Qué tendencia política u orientación ideológica puede no estar dispuesta a atenerse y a congratularse de que todas las tendencias y orientaciones se atengan a su vez a esas dos reglas? No se debe interrumpir el orden constitucional. No se debe matar. ¿Quién no firma?

Aunque a veces parezca que lo que llamamos batalla cultural se circunscribe a una pulseada coyuntural, se trata de algo mucho más profundo y sedimentario. Se trata de la raíz de nuestras percepciones de la realidad y de nuestras explicaciones sobre el mundo. Así como no hubo nunca dos demonios, y el terrorismo de Estado se elevó solo y terrible a la categoría de las peores pestes que pueden asolar a una sociedad, tampoco hay ahora dos maneras de entender el sentido del feriado. No se debe interrumpir el orden constitucional. No se debe matar. Somos otro país si creemos eso.


FUENTE: pagina 12.com
24 de Marzo de 2011



miércoles, 24 de marzo de 2010

a 34 Años del Golpe Militar- 1976- 24 de Marzo-2010

A 34 AÑOS DEL GOLPE MILITAR
1976 – 24 DE MARZO - 2010


Al conmemorarse el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, a 34 años del golpe militar que diera origen a la dictadura más sangrienta de nuestra historia, la DAIA, entidad representativa de la comunidad judía argentina, reafirma el compromiso de mantener viva la memoria sobre los horrendos crímenes cometidos por el terrorismo de Estado, y ratifica que la Verdad, la Justicia y la Memoria son los únicos instrumentos válidos para construir un presente y futuro sin impunidad.

En ese mismo sentido avalamos la permanente búsqueda de Justicia que suponen los Juicios que se desarrollan en diferentes estrados del país, contra quienes torturaron, asesinaron e hicieron desaparecer a decenas de miles de ciudadanos, muchos de ellos pertenecientes a la comunidad judía.

Y recordamos con profundo dolor, que esos integrantes de nuestra comunidad fueron doblemente victimizados y atormentados por su sola condición de judíos.
En este marco, DAIA reafirma su compromiso, con la protección de los Derechos Humanos, el fortalecimiento democrático, el repudio a toda forma de impunidad, la plena vigencia de una sociedad respetuosa de las diferencias y la lucha contra toda forma de discriminación.


Dr. Fabián Galante
Secretario General

Aldo Donzis
Presidente

Buenos Aires, 24 de marzo de 2010

Referente:
Lic. Víctor Garelik, Director de prensa y Comunicación.
15-4986-8720 / ID: 275*736
prensa@daia.org.ar